Quiere uno decir, más o menos,
que literatura es ver las cosas a través de otra cosa.
Literatura es ver las cosas a través de un
vino.
El vino de una inspiración, el vino de la
imaginación, el vino de la memoria cuando menos. […]
Los socialrealistas. López Pacheco. Hacían la
novela de la mina, pero ahí está la mina, que siempre es mejor. […]
Si la realidad es siempre superior al realismo,
solo queda el cinismo […] o el arte/arte que ya no quiere imitar/superar la
naturaleza. Los socialrealistas, siendo tan rojos, habían caído en el vicio
burgués de imitar la naturaleza para tenerla en casa —cuadros y libros—, que
siempre es más cómodo. La novela de la fábrica. Ahí está la fábrica, que de
todos modos resulta mejor y más convincente. Si lo que querían era dar
testimonio, el testimonio lo da mejor un informe macroeconómico.
El socialrealismo no era
revolucionario, sino solamente antifranquista y notarial. Para arrojar al
rostro de la dictadura una realidad agresiva tendrían que haber visto esa
realidad modificada por el color violáceo de un porrón de vino, como yo veía
Madrid. El porrón me enseñó que yo nunca iba a ser socialrealista, lo que me
valdría a su vez que nos cafés literarios me llamasen señorito, y también en
algunos periódicos de provincias que viene a ser la misma cosa provinciana.
Cela no hace socialrealismo porque Cela es un escritor de estilo. […]
El estilismo no está en las
palabras sino en la manera de usarlas. Por eso Cela no procede del desvencijado
Baroja (aunque él lo dijese para borrar sus huellas), sino del acendrado Valle.
Delibes tampoco era socialrealista, por las mismas razones. Yo no tenía muy
claro a quién admiraba o seguía Miguel, pues que tampoco él lo decía claro, ni
se deduce de su obra, pero el estilo manda en él más que nada, y eso lo
descalifica con socialrealista, pese a los temas, y le califica como gran
escritor de asuntos y prosas.
El que había conseguido la
síntesis estilo/asunto, prosa/compromiso (todavía decíamos engagement de
la lectura de Sartre) era Ignacio Aldecoa. […]
Me habían enceguecido sus prosas
de aquella revista, sus libros de cuentos, Víspera del silencio (de
donde quizás salió Tiempo de silencio), su síntesis conseguida, al fin,
mejor incluso que en los italianos, entre la denuncia social y la calité/calité,
como un Baroja que supiera escribir, sin caer jamás en el ciclostil retórico.
(Como un Baroja que hubiese leído y estudiado Hemingway, cosa que, naturalmente
no había hecho Baroja) Ignacio Aldecoa se había mirado Madrid, primero a través
de un porrón de vino —Madrid cárdeno— y luego a través de un vaso de whisky: Madrid
de oro tostado y falso.
Ignacio era un escritor
Francisco Umbral — Trilogía de
Madrid.
La fotografía es de Javier Campano