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lunes, 21 de mayo de 2018

Forasteros




Mirábamos mal a los chicos de ciudad que venían a pasar las vacaciones al pueblo de su padre o de su madre.

Algunas chicas ya se dejaban tocar por debajo de la camiseta.

Eso contaban.

Forastero. Era el término empleado por los mayores.
“Se ve mucho forastero”, solía decir mi abuelo, que estaba casi ciego.

El grupo de canto y baile regional, al que mi hermana pertenecía, actuaba varias veces a lo largo del verano.

Las terrazas de las cafeterías llenas de orgullo de emigrante…

Urbano Pérez Sánchez – Trieste

La fotografía es de Juantxu Rodríguez

sábado, 15 de octubre de 2011

La mesa puesta en El clavo en la pared


Hace unos días, y después de leer La mesa puesta, Jesús Ortega escribió lo que, según me dijo, es una nota de lectura. Habían transcurrido unos meses, su blog estaba cerrado por trabajo [un nuevo libro] y fue una alegría doble ver cómo y por qué volvía a abrirlo. En privado comentamos algunas cosas más sobre La mesa [algunos errores] en las que estuvimos de acuerdo y que se pueden resumir con una frase parecida a que el futuro guarda sorpresas para quien es impaciente. Así que hago caso a la última frase de su nota e intento cargarme de serenidad. De momento, no pretendo otra cosa que estarle muy agradecido.

Me siento un poco raro volviendo a escribir en el blog, después de tanto tiempo. Es como si regresaras a tu casa intacta y cerrada tras un largo viaje. Lo primero es abrir las ventanas para que se vaya ese extraño olor. Ir familiarizándose con los espacios. Las maletas se quedarán unos días en el pasillo, para que cumplan su función y conecten mágicamente la vida que se dejó y la que se retoma.

Algún día tenía que ser. Por ejemplo, ahora que acabo de leer un libro de relatos de Manuel Abacá, La mesa puesta.

Sé muy bien que, en literatura, nunca hay que confundir al narrador con el escritor. Pero en medio de ese complicado juego de desdoblamientos que se establece entre uno y otro, los lectores son libres de imaginar cosas. Leyendo La mesa puesta (algunos de cuyos personajes se llaman también Abacá) se me ocurre, por ejemplo, que el Abacá que asoma por estas páginas como protagonista o como narrador quizá pudiera tener en común con el Abacá escritor un mismo origen social. Se me ocurre que el Abacá de carne y hueso tal vez sea de esos escritores que han (que hemos) crecido en entornos donde no había una nutrida biblioteca familiar, ni cultura burguesa, ni dinero para adquirirla. Forman (formamos) una minoría, en cierto modo reconocible, con rasgos y actitudes compartidos, aunque con resultados personales muy distintos. Este tema es interesante, daría mucho que hablar. En otra ocasión.

En los relatos de Abacá hay obreros, hijos que van a la mili, mujeres que hacen trabajos de costura en casa, niños que juegan al fútbol en la barriada, bares de pueblo, discotecas, vías del tren adonde irse a fumar un porro por la noche, amigas que no acaban de convertirse en novias. Hay, sobre todo, una actitud alerta hacia las pequeñas tristezas, tan fina que es capaz de intuir reverberaciones de catástrofes invisibles en la tersa superficie de lo cotidiano.

Los narradores intentan modestos recuentos del fracaso, de la ternura o de la supervivencia. Una lucidez en clave menor. Me gusta la elusiva levedad con que los sensibles narradores de Abacá abordan los problemas. (A veces, demasiado leve, todo hay que decirlo.) No se ven los golpes, sino la remota huella que dejan en el alma. O, dicho de otra manera: más que heridas, hay rasguños. Eso no quiere decir que duelan menos.

Para mi colección de relatos sobre padres e hijos: "El podio" y "Prefijos".


El humo de los bares ha dado paso al cuchillo de aire frío que silba en la noche como si fuera una esquina. Se acercan a la estación de trenes. La carretera solitaria que parte la comarcal es una cinta negra con una farola al fondo. Sus luces marcan tres conos de niebla naranja. Hombro con hombro, caminan apretando el paso, las cabezas algo pesadas por el alcohol, mirando hacia la claridad y fumando. Parecen dos insectos con los cuellos de las cazadoras alzados, dos luciérnagas que quisieran ser polillas y buscaran claridad.


("Deseos")


Sigue escribiendo, Abacá.

La fotografía es de Dimitri Stefanov.

martes, 21 de diciembre de 2010

Antonio Jiménez Morato: Lima y limón.




En una de sus crónicas, Lobo Antunes confesó que Rabos de lagartija le había tirado a la lona. La frase exacta era: Cualquier gran libro nos tira a la lona y le quedamos agradecidos por ello.
Si soy honesto, ahora debería decir que en este blog no han aparecido reseñas porque no sé o porque no sé hacerlas sin volverme impresionista, sin hablar de mí. De paso, también, porque únicamente logro serlo cuando un libro me deja K.O.
Hace unos días Antonio me regaló un Lima y Limón, el libro que se plantea las diferencias entre los parecidos, se pregunta por qué te puedes enamorar de la hermana gemela de alguien y de su idéntica no, por qué la lima no y el limón sí.
Estuvimos charlando un rato, bebiendo frente a una mesa llena de vino y paté sin untar. Como le considero alguien que siempre podrá ser mi maestro, le conté algunas cosas de mis lecturas. Entre otras, traté de explicarle lo que supuso Lobo Antunes para mí, y lo mucho que me costaría ahora leerle. El problema podía ser, según le parecía, que Antunes se hubiera convertido en la parodia de sí mismo. Quizá.
Peor es que seas tú el que se convierta en la parodia de ti mismo tratando de leer a Lobo Antunes. Exactamente es esto lo que me ocurre ahora cada vez que lo intento: su grandilocuencia turboalimentada se me atraganta.
La conversación giraba en torno a Portugal, en torno a sus últimas colonias recién perdidas y en torno a mí. En torno a mí era en torno a cómo habían llegado mis hijos cuando trabajaba en Portugal sin estar preparado para ellos, ni por asomo. Para no ser demasiado explícito, le dejé caer que posiblemente autores como Maximiliano Barrientos me iban a permitir volver a Portugal sin máscaras.
Tanto Barrientos como Antunes me habían llevado a la lona en un momento o en otro. Pero no me acordé de ellos leyendo Lima, me acordé de El agrio de Valérie Mréjen, que también lo hizo, eso es lo de menos.
En el fondo, lo vuelvo a decir de otra manera, leer se reduce a un desafío. Y para que un libro te lleve a la lona es necesario que alguien se haya levantado de ella para escribirlo. Te das cuenta de eso en cuanto terminas Lima y Limón. Yo, sin saber que al cabo de dos horas iba a caerme, lo empecé tumbado en la cama de uno de esos hijos que siempre me rondan.


La fotografía es de John Kolesidis. Aquí

sábado, 8 de mayo de 2010

Invitación al viaje.


Antonio Sáez Delgado - Vida errante (fragmento)


Podía verlo desde mi casa. El puesto fronterizo que existía en la frontera de Caia estaba compuesto por varias cabinas en las que se situaban los policías para observar los coches que pasaban por cada carril, en un juego de callejas semejante al peaje de las autopistas. Por esos carriles, junto a esas cabinas, pasamos muchas en el coche de mi padre, con el interior del asiento trasero, sobre el que nos sentábamos mi hermano y yo, lleno de café portugués. Mi madre nunca lo tomaba, le subía la tensión. Ahora esa
frontera, esa parada obligatoria, ya no existe. Se diría que ya nadie dibuja una línea en el fondo del paisaje. Los días en que construyeron la autopista que atraviesa ahora ese paso de Caia, observé con cuidado el desmontaje de los puestos fronterizos, de las torretas, de las cabinas. Los topógrafos hacían su trabajo en la distancia, el trazado de la autopista sería bastante más elevado que el de la carretera convencional. Por eso, a la hora de rellenar con grava y tierras el subsuelo de esa autopista que ahora atravieso casi a diario, los operarios prefirieron enterrar algunas cabinas, someterlas al decoro silencioso del olvido con unas toneladas de tierra. Observé las maniobras desde la terraza de mi casa, casi podía oír el sonido de los camiones. Hoy pasamos por encima, a toda velocidad, de las cabinas enterradas. Del olor a café en el coche de mi padre. De la mirada de mi hermano que se cruza con la mía, sin decirnos nada.


Notas:
Coordinadoras: Maria Luisa Leal, Mª Jesús Fernández, Ana Belén García Benito.
La fotografía es de Russell Lee y la encontré en el siguiente enlace:http://www.flickr.com/photos/trialsanderrors/4466053113/in/set-72157612403014095/

domingo, 29 de marzo de 2009

Andrés Trapiello: Capricho extremeño




Imbécil. Yo era el imbécil que creyó pensar el primero una selección de textos en los que Las Viñas (Trujillo) aparecieran como telón de fondo. Yo era el imbécil que no sabía que ya lo habían hecho Miguel Ángel Lama, Fernando T. Pérez González y Julián Rodríguez. Yo soy el imbécil que piensa que alguien trabajará en futuras ediciones con índices onomásticos. Para buscar a Pla, para buscar a Larra, para encontrar sin buscarlos a Cervantes, Machado, Unamuno. Para buscar a Miguel el Loco.
Yo soy el imbécil que espera otro nuevo capricho. Supongo que, mientras llega, cada uno de los lectores de Trapiello, imbécil o no, podrá confeccionar el suyo.



Del Preludio. Cierta Semana Santa…los Pancho Ortuño y Charo Mirat nos invitaron a pasar unos días en un viejo caserón que tenía la familia de esta última en Las Viñas.
…un día la casualidad quiso poner delante de nosotros un viejo lagar…

No soy un hombre viajero. Si viajo fuera, me gusta ir a las mismas ciudades. Es de lo que peor anda España, de parises, de romas, de venecias, de lisboas…En cambio…aún gustándome mucho otros campos, ninguno cambiaría por este rincón de Las Viñas.

…mis diarios…están hechos de muchas cosas…fragmentos íntimos, relatos, aforismos, divagaciones urbanas, contemplaciones rústicas, que se mezclan y combinan buscando un estudiado ritmo, no solo de la prosa, sino del conjunto…

Del Diario…los novelistas he visto yo que tienen que ser gentes con pocas entrañas, como los médicos, es decir, sujetos que salvan a éste o al de más allá, pero cortando por lo sano, piernas, capítulos, vidas. Sin consideración ni miramientos, sorteando la gangrena.

…la alegría es un logaritmo de aplicación universal…

NOS hemos levantado temprano, y estaba todo cubierto por la niebla, campos y hacienda… Si hubiera instalado ya, como está previsto desde hace tres años, el reloj de sol en el jardín con su leyenda “Solo marco las horas apacibles”, un día como hoy no existiría, porque lleva todas las trazas de ser un día sin horas y vacío.

A MEDIDA que pasan los años, las cabalgatas de Reyes se van transformando. R. decididamente ya no cree en ellos y G. está tan pendiente de R., que se olvida incluso de lo que a él pueda ilusionarle…a partir de ahora todo se alejará más dulcemente hacia ese lugar en el que la felicidad es otra más de las convenciones sociales.

A la clase más corriente de melones, con la corteza con manchas verdes y amarillos sucios, se les llama aquí “de piel de rana”. Esa es la mirada creadora del pueblo, de la que brota, de la que “salta” sin esfuerzo una greguería, una imagen, un símbolo.

La memoria tiene siempre el membrete de las cosas insignificantes, que importan poco al mundo…con cañamones y altramuces la memoria vive cien años.

…las casas, a diferencia de las personas, nunca quedan huérfanas, sino viudas.

Suenan a lo lejos las esquilas del rebaño como se oyen en los poemas agropecuarios que ponen tan nerviosos a los críticos de la literatura del día.

Cuando no quede en España nada de la España de Cervantes, quedarán los nombres de los pueblos.

ANTES de salir el sol nos levantamos para eso, para ver salir el sol.

ESTA mañana me advirtió el lagarero que no pisara las matas de pepino del huerto. Son unas matas bajas, que extienden largos brazos pegados al suelo. Si se pisan, los pepinos amargan…Es decir, que el pepino es, de todas las cucurbitáceas, y pese a su aspecto ridículo, la más humana.

Alguna vez la gente me dice: “Todo eso que sacas en tus poemas, en tus libros, es una antigualla, eso ya no tiene que ver con este tiempo de ahora”. Para algunos se conoce que el que no habla de los tubos de escape de las motos, ni de semáforos o de taxis nocturnos es un ser anticuado, pasado de moda.

Las historias que suceden una vez es porque ya han sucedido y seguirán sucediendo. Ese es el principio de la literatura, que está hecha no tanto de casos excepcionales, sino ordinarios y repetidos.

Subimos a un monte al que hace setenta años bautizaron como el Gurugú seguramente algunos quintos de los de África. En muchos pueblos hay un Gurugú como éste, el monte más alto del lugar.

Es imposible hacer sentir la naturaleza a quien no vive dentro de ella. Sólo aquí, o desde aquí, aunque sea a cientos de kilómetros de distancia de este lugar, tiene sentido decir hierba fresca, pino, monte, nube.

¿Qué es esta tristeza que gira y gira?

Notas:
La edición, selección y epílogo de este Capricho extremeño, confeccionado con los seis primeros “Salones” de pasos perdidos, son de Miguel Ángel Lama, Fernando T. Pérez y Julián Rodríguez
.

viernes, 16 de enero de 2009

Elena García de Paredes: Adiestramiento


Cada vez que me acerco al Canal de Isabel II paso por la calle de García de Paredes. Entro o salgo del aparcamiento subterráneo. Y me acuerdo de haber olvidado este poema que se llama "Botellas". No sé si como los canales estarán rellenas de agua. Pero sí de mensaje.


las únicas
que responden a todas las preguntas

las únicas
que sonríen a mis halagos

las únicas
que avisan a tiempo del final

las únicas
que no se niegan nunca

las únicas
que dicen verdades y mentiras

según convenga

a veces

las visito.