sábado, 11 de julio de 2026

Miguel Ángel Ortiz Olivera. Para qué puede servir la cinta aislante.

 

Agotado el optimismo de los años noventa, comenzamos el 2.000 y nos dimos de bruces con un milenio que, ya antes de comernos las primeras uvas, tenía toda la pinta de que se nos iba a atragantar. En 366 días la burbuja puntocom estalló, un virus llamado I love you se expandió por los correos electrónicos de la CIA y el afilado fuselaje de un Concorde cayó al suelo nada más despegar de París. Por esas mismas fechas los personajes de Brazaletes de cinta aislante, Koldo, Fichu, Lolo, Chencho, Pitu, Zurdo y varios jóvenes burgaleses más guardaban luto tras el accidente mortal de Suso, el 10 de su equipo de fútbol.

A pocos lectores de la novela les causará extrañeza que le profesen mayor dedicación a este deporte que a cualquiera de las asignaturas que estudian en el instituto. Menos aún, cuando adviertan que los chavales viven en Medina de Pomar, un antecedente de lo que Fuentealbilla es a Iniesta, solo que con una cultura futbolística más desarrollada. Desde los años treinta del siglo pasado se practica el fútbol en esta localidad. Es el feudo del Alcázar C.D., equipo en el que comenzó a jugar Chus Pereda, mítico héroe de la Eurocopa del 64, jugador del Real Madrid y del Barça.

Hasta poco antes del accidente en moto de Suso, los chavales vivían con la esperanza de estatus de todo tipo que desprende el fútbol profesional. Sin embargo, su muerte les hará abrir los ojos y mirar más allá de las líneas de los campos, los vestuarios, los banquillos y las porterías. La Superbowl, un torneo veraniego de fútbol que se celebra en una Barcelona a la que viajarán en autobús para competirlo, no va a ser lo mismo sin él. Incluso, aunque Chus Pereda, que vive en la ciudad condal, se acerque a animarlos. Es más, parecen intuir que una vez finalice su último partido, el equipo se disolverá, sus relaciones probablemente se enfriarán y, quieran o no quieran, tendrán que decir adiós a la adolescencia.

Describiendo la sencilla vida de estos chicos en el pueblo, en el viaje en autobús hasta Barcelona y durante el transcurso de los partidos en la Superbowl, Miguel Ángel Ortiz teje una narración cargada de peripecias y conflictos familiares narrados con la sinceridad propia de la inexperiencia de los personajes. Para ello se vale del uso de un argot juvenil con el que demuestra tener un tímpano literario muy afinado, similar al que acredita José Ángel Mañas en su aclamada Historias del Kronen, novela que relataba la vida de cierta juventud durante los inconscientes noventa, aunque en un ámbito exclusivamente urbano y en un estatus social superior.

Por tanto, a pesar del lenguaje utilizado y de la cercanía cronológica de las narraciones, los novelistas no retratan la misma juventud. Sería muy raro que a los personajes de Historias se les ocurriese decir lo que puede leerse en Brazaletes: […]ninguno de este equipo va a ser nada en la vida por muchos sobresalientes que saque en el instituto.

Después de escucharlos, diría que alguno de ellos se ve en el futuro devanando rollos y más rollos de cinta aislante como la que usan para lucir luto en la Superbowl. Al fin y al cabo, es lo que utilizan electricistas, mecánicos, manitas y otras profesiones que no se estiman nada. Para qué puede servir la cinta aislante más allá del fin con el que se fabrique es una de las cuestiones que me he planteado leyendo Brazaletes, pero seguramente otros lectores puedan encontrar muchas más. Como dice Rodri, uno de los jóvenes personajes de la novela: Leer no es solo pasar páginas.

Las fotografías son de TonyHeslop 


lunes, 8 de junio de 2026

Rosario Izquierdo y su mirada urbana


Después de leer las tres novelas bético-metropolitanas de Rosario Izquierdo, Diario de Campo, El hijo zurdo y Pasión Nails, me vino a la cabeza una frase de Lola, la narradora de la segunda de ellas: Lo normal no es lo mejor, es solo lo más frecuente. Como había encontrado varias referencias a la misma cuestión en sus otras novelas, entendí que poner en duda la normalidad hegemónica era un elemento relevante en la literatura de la autora.

Además, y relacionado con lo anterior, me pareció que el marco urbano en el que las tres novelas se desarrollaban era otro importante componente narrativo. Pudiendo elegir escenografías más distinguidas, Rosario Izquierdo se había decantado por la Sevilla menos frecuentada. Gran parte de las localizaciones surgían en sus confines, en donde la ciudad se deprimía económica y socialmente. Diario de Campo, por ejemplo, hablaba de un espejo donde Sevilla no quiere mirarse, de las catacumbas de la ciudad moderna, y del punto a partir del cual Sevilla comienza a perder su característica huella arquitectónica. Tenía su lógica, “lo normal” puede ser perfectamente tomado por “lo característico”.

El asunto urbano me llevó por primera vez a acordarme de Martín Gaite y a releer un relato de Las ataduras titulado La conciencia tranquila. Un médico que vive en Madrid Centro y trabaja en el sector privado recibe la llamada intempestiva de una mujer de Vallecas: su hija está muy enferma y necesita que la auxilien. Más allá de que el médico acuda de mala gana a atender a la niña, de que esta muera y de que regrese a casa convencido de que había hecho más de lo que debía, fue la descripción del escenario y lo que piensa el médico durante el trayecto lo que me hizo relacionar a las dos autoras. En un párrafo de La conciencia tranquila puede leerse: Llegó al Puente de Vallecas y siguió hacia arriba en la línea recta […] Estaba llegando a los bordes de la ciudad, por donde se desintegra y se bifurca […] de todas las bocacalles salían hombres y mujeres […] Sabía sobre todo que eran muchos, enjambres, que cada día se multiplicaban, emigraban de otros sitios más pobres y propagaban ocultos detrás de esta última calle, como un contagio, sus viviendas de tierra y adobes. […] Eran tantos que podían avanzar contra el cogollo de la ciudad, invadirla, contaminarla.

En las novelas de Rosario Izquierdo no me había encontrado con médicos así, sino con narradoras que atravesaban la barrera urbana de lo exclusivo y convivían con los habitantes del lado excluido. Dos, las de Diario de Campo y Pasión Nails, eran sociólogas, habían estado allí acompañando a un grupo de mujeres en un centro del Instituto de la mujer y no temían que fueran a invadir el cogollo de la ciudad. Al revés, opinaban lo siguiente: El resto de la ciudad las amedrenta. Supone un gran esfuerzo para ellas adentrarse más allá de la avenida que delimita el barrio. La tercera narradora, Lola, la protagonista de El hijo zurdo, era una mujer divorciada que, mientras asistía a la deriva skinhead de su hijo menor, se relacionaba con Maru, quien trabajaba de limpiadora y era madre del Loco, compañero de “aventuras” de Lorenzo. La cuestión es que, al tiempo que las narradoras atraviesan esa barrera urbana, la barrera urbana va convirtiéndose para ellas en un eje de simetría, analogía y semejanza que les sirve para cuestionarse sus historias personales.

A mí me valió como un nuevo motivo para volver a Martín Gaite. En esta ocasión, a Los malos espejos, uno de los ensayos incluidos en La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas. Gaite explica la razón por la que se opone a la forma de ver resabiada, tanto en la vida como en la literatura de los que no saben mirar ni leer más que lo ya mirado o leído por otros. Dice: se asoman desde lo más fuera posible, justamente desde la rendija que basta para poder meter un poco las narices más que los ojos y pegar una nueva etiqueta expeditiva, “ya está, a ese ya lo he entendido, ya puedo hablar de él, larguémonos con la música a otra parte, a otra rendija, este ya está archivado, paranoico, invertido, reprimido, lo que sea, cuestión zanjada” Son miradas que se asoman, que no se aventuran a internarse […] son miradas que abominan lo intrincado.

Pensé que la óptica que Rosario Izquierdo mostraba en estas tres novelas había conseguido quitarle el polvo a ese espejo donde Sevilla no quiere mirarse. Ni Sevilla ni muchas otras ciudades. Menos todavía, las personas que vivimos en el lado correcto de la barrera urbana y que tenemos tanto en común con esa forma resabiada de mover los ojos que nos podrían confundir con las hermanastras de Cenicienta.

Las fotografías son de Paco Puentes

viernes, 10 de abril de 2026

En la encrucijada


—¿Alguien me deja a su marido este fin de semana?

—Sí, te puedes quedar con el mío. Es un cabrón que las mata callando.

—¡Te dejaría al mío, pero no te servirá de gran cosa!

—Mándamelos a todos. Ya sabéis dónde vivo, al lado de la iglesia.

—Te gustan rubios o morenos?

—¡No es el pelo lo que me interesa!

Nos reímos, veinticinco mujeres encorvadas sobre tres largas mesas, empaquetando bombones baratos para la campaña de Navidad. Los dedos enrojecidos y gruesos, inflados por el frío, vuelan de las bandejas a las cajas.

 

A mi otro lado, una vieja escupe en un trapo y lo usa para limpiarse las manos.

—Tengo artritis, la pillo todos los inviernos. Antes esto era una lavandería, por eso hay tanta humedad. No pueden poner calefacción porque se derretirían los bombones.

Nell DunnEn la encrucijada. Editorial Contra (Traducción de Javier Calvo)

La fotografía es de Helen Levitt