lunes, 8 de junio de 2026

Rosario Izquierdo y su mirada urbana


Después de leer las tres novelas bético-metropolitanas de Rosario Izquierdo, Diario de Campo, El hijo zurdo y Pasión Nails, me vino a la cabeza una frase de Lola, la narradora de la segunda de ellas: Lo normal no es lo mejor, es solo lo más frecuente. Como había encontrado varias referencias a la misma cuestión en sus otras novelas, entendí que poner en duda la normalidad hegemónica era un elemento relevante en la literatura de la autora.

Además, y relacionado con lo anterior, me pareció que el marco urbano en el que las tres novelas se desarrollaban era otro importante componente narrativo. Pudiendo elegir escenografías más distinguidas, Rosario Izquierdo se había decantado por la Sevilla menos frecuentada. Gran parte de las localizaciones surgían en sus confines, en donde la ciudad se deprimía económica y socialmente. Diario de Campo, por ejemplo, hablaba de un espejo donde Sevilla no quiere mirarse, de las catacumbas de la ciudad moderna, y del punto a partir del cual Sevilla comienza a perder su característica huella arquitectónica. Tenía su lógica, “lo normal” puede ser perfectamente tomado por “lo característico”.

El asunto urbano me llevó por primera vez a acordarme de Martín Gaite y a releer un relato de Las ataduras titulado La conciencia tranquila. Un médico que vive en Madrid Centro y trabaja en el sector privado recibe la llamada intempestiva de una mujer de Vallecas: su hija está muy enferma y necesita que la auxilien. Más allá de que el médico acuda de mala gana a atender a la niña, de que esta muera y de que regrese a casa convencido de que había hecho más de lo que debía, fue la descripción del escenario y lo que piensa el médico durante el trayecto lo que me hizo relacionar a las dos autoras. En un párrafo de La conciencia tranquila puede leerse: Llegó al Puente de Vallecas y siguió hacia arriba en la línea recta […] Estaba llegando a los bordes de la ciudad, por donde se desintegra y se bifurca […] de todas las bocacalles salían hombres y mujeres […] Sabía sobre todo que eran muchos, enjambres, que cada día se multiplicaban, emigraban de otros sitios más pobres y propagaban ocultos detrás de esta última calle, como un contagio, sus viviendas de tierra y adobes. […] Eran tantos que podían avanzar contra el cogollo de la ciudad, invadirla, contaminarla.

En las novelas de Rosario Izquierdo no me había encontrado con médicos así, sino con narradoras que atravesaban la barrera urbana de lo exclusivo y convivían con los habitantes del lado excluido. Dos, las de Diario de Campo y Pasión Nails, eran sociólogas, habían estado allí acompañando a un grupo de mujeres en un centro del Instituto de la mujer y no temían que fueran a invadir el cogollo de la ciudad. Al revés, opinaban lo siguiente: El resto de la ciudad las amedrenta. Supone un gran esfuerzo para ellas adentrarse más allá de la avenida que delimita el barrio. La tercera narradora, Lola, la protagonista de El hijo zurdo, era una mujer divorciada que, mientras asistía a la deriva skinhead de su hijo menor, se relacionaba con Maru, quien trabajaba de limpiadora y era madre del Loco, compañero de “aventuras” de Lorenzo. La cuestión es que, al tiempo que las narradoras atraviesan esa barrera urbana, la barrera urbana va convirtiéndose para ellas en un eje de simetría, analogía y semejanza que les sirve para cuestionarse sus historias personales.

A mí me valió como un nuevo motivo para volver a Martín Gaite. En esta ocasión, a Los malos espejos, uno de los ensayos incluidos en La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas. Gaite explica la razón por la que se opone a la forma de ver resabiada, tanto en la vida como en la literatura de los que no saben mirar ni leer más que lo ya mirado o leído por otros. Dice: se asoman desde lo más fuera posible, justamente desde la rendija que basta para poder meter un poco las narices más que los ojos y pegar una nueva etiqueta expeditiva, “ya está, a ese ya lo he entendido, ya puedo hablar de él, larguémonos con la música a otra parte, a otra rendija, este ya está archivado, paranoico, invertido, reprimido, lo que sea, cuestión zanjada” Son miradas que se asoman, que no se aventuran a internarse […] son miradas que abominan lo intrincado.

Pensé que la óptica que Rosario Izquierdo mostraba en estas tres novelas había conseguido quitarle el polvo a ese espejo donde Sevilla no quiere mirarse. Ni Sevilla ni muchas otras ciudades. Menos todavía, las personas que vivimos en el lado correcto de la barrera urbana y que tenemos tanto en común con esa forma resabiada de mover los ojos que nos podrían confundir con las hermanastras de Cenicienta.

Las fotografías son de Paco Puentes

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