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sábado, 4 de abril de 2009

Pablo García Casado: Las afueras

Casa de Campo. Un radio de 5º C separa la circunferencia de un centro con Palacio Real.


AMOR

una mujer metida siempre en la cocina
siempre con problemas siempre con la regla
la basura no te olvides de bajar al perro

una enfermedad que se cura con los años
una radio que empieza a perder las emisoras
un tren que realiza siempre el mismo recorrido

entre dos ciudades cada vez más alejadas

LA NAVAJA

las palabras son basura
armas gastadas por el uso inofensivas

como una navaja de papel de aluminio

HOME SWEET HOME

la cabeza dentro del retrete los dedos en la garganta
hay un número determinado de neuronas que se pierden
después de una noche como ésta por más que lo intento

las tuyas siempre encuentran el camino

RITOS

los recuerdos son facturas a tu nombre
sé que el adiós tiene su rito y el tuyo
es dejarme vacía la despensa de los sueños

a veces me pregunto qué hicimos mal
te mandaré flores cada otoño puedes venir
por las facturas al menos las de la luz

estoy a oscuras por culpa de tus ritos

PUBLICIDAD ENGAÑOSA

es cierto reconozco todos los cargos
mentí lo sé lo sabía desde le principio
todos lo hacemos es la manera de vender

el producto qué quieres que te diga no soy
el que andabas buscando sí soy un cerdo
un grandísimo cabrón hijoputa…pero dime

qué tiene
todo eso que ver con el amor?

Nota: La fotografía es de Lauren Greenfield

viernes, 27 de marzo de 2009

Bukowski: 20 poemas

Lona. Siempre estuve a favor de la educación pública porque, de alguna manera, me salvó de ser un obrero, de ser como mi padre. Pero nunca entré en la biblioteca del instituto a buscar un libro de literatura. Una y otra cosa coincidieron en el momento en el que yo empezaba a leer, nada más.
La biblioteca me salvó de ser alguien con estudios, que es algo que me preocupaba –y me sigue preocupando, ahora que ya no estudio- más. La biblioteca pública no estuvo, en mi caso, dentro de las mismas paredes prefabricadas. Estaba en otras paredes. Del mismo barrio. Allí encontraba a compañeros del instituto que iban a estudiar. Exclusivamente. Fue durante años una diferencia que se multiplicó por dos, luego por cuatro. Nos hizo distintos, como si no hubiésemos estudiado las mismas materias.
Entonces no había poesía de Bukowski. Ni en la biblioteca, ni traducida al castellano. Dicen que Bukowski es un escritor que antes de los veinticinco te deja tumbado en la lona. Luego es solo un poeta.
El primer poema lo escuché en una película, el segundo lo leí en una biografía. Más tarde, llegó el libro, los obreros que no fui, yo, etc.

EL INCENDIO DE UN SUEÑO
la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
ha sido destruida por las llamas.
aquella biblioteca del centro.
con ella se fue
gran parte de mi
juventud.

estaba sentado en uno de aquellos bancos
de piedra cuando mi amigo
Baldy me
preguntó:
“¿vas a alistarte en
la brigada Lincoln?”

“claro”, contesté
yo.

pero, al darme cuenta de que yo no era
un idealista político
ni un intelectual
renegué de aquella
decisión más tarde.

yo era un
lector
entonces
que iba de una sala a
otra: literatura, filosofía,
religión, incluso medicina
y geología.

muy pronto
decidí ser escritor,
pensaba que sería la salida
más fácil y los grandes novelistas no me parecían
demasiado difíciles.

tenía más problemas con
Hegel y con Kant.

lo que me fastidiaba
de todos ellos
es que
les llevara tanto
lograr decir algo
lúcido y/o
interesante.
yo creía
que en eso
los sobrepasaba a todos
entonces.

descubrí dos cosas:
a) que la mayoría de los editores creía que
todo lo que era aburrido
era profundo.
b) que yo pasaría décadas enteras
viviendo y escribiendo
antes de poder
plasmar
una frase que
se aproximara un poco
a lo que quería
decir.

entretanto
mientras otros iban a la caza de
damas,
yo iba a la caza de viejos
libros,
era un bibliófilo, aunque
desencantado,
y eso
y el mundo
configuraron mi carácter.

vivía en una cabaña de contrachapado
detrás de una pensión de 3 dólares y medio
a la semana
sintiéndome un
Chatterton
metido dentro de una especie de
Thomas
Wolfe.

mi principal problema eran
los sellos, los sobres, el papel
y
el vino,
mientras el mundo estaba al borde
de la Segunda Guerra Mundial.
todavía no me había
atrapado
lo femenino, era virgen
y escribía entre 3 y
5 relatos por semana
y todos
me los devolvían, rechazados por
el
New Yorker, el Harper´s,
el Atlantic Monthly.
había leído que
Ford Madox Ford solía empapelar
el cuarto de baño
con las notas que recibía rechazando sus obras
pero yo no tenía
cuarto de baño, así que las amontonaba
en un cajón
y cuando estaba tan lleno
que apenas podía
abrirlo
sacaba todas las notas de rechazo
y las tiraba
junto con los
relatos.

la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles
seguía siendo
mi hogar
y el hogar de muchos otros
vagabundos.
discretamente utilizábamos los
aseos
y a los únicos que
echaban de allí
era a los que
se quedaban dormidos en las
mesas
de la biblioteca; nadie ronca como un
vagabundo
a menos que sea alguien con quien estás
casado.

bueno, yo no era
realmente un
vagabundo, yo tenía tarjeta de la biblioteca
y sacaba y devolvía
libros,
montones de libros,
siempre hasta el límite de lo permitido:
Aldoux Huxley, D.H. Lawrence,
e.e. cummings, Conrad Aiken, Fiódor
Dos, Dos Passos, Turgénev, Gorki,
H.D., Freddie Nietzsche,
Shopenhauer,
Steinbeck,
Hemingway,
etc.

siempre esperaba que la bibliotecaria
me dijera. “qué buen gusto tiene usted,
joven”.

pero la vieja
puta
ni siquiera sabía
quién era ella,
cómo iba a saber
quién era yo.

pero aquellos estantes contenían
un enorme tesoro: me permitieron
descubrir
a los poetas chinos antiguos
como Tu Fu y Li Po
que son capaces de decir en un
verso más que la mayoría en
treinta o
incluso en cientos.
Sherwood Anderson debe de haberlos
leído
también.

también solía sacar y devolver
los Cantos
y Ezra me ayudó
a fortalecer los brazos si no
el cerebro.

maravilloso lugar
la Biblioteca Pública de Los Ángeles
fue un hogar para alguien que había tenido
un
hogar
infernal
ARROYOS DEMASIADO ANCHOS PARA SALTARLOS
LEJOS DEL MUNDANAL RUIDO
CONTRAPUNTO
EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

James Thurber
John Fante
Rabelais
de Maupassant

algunos no me
decían nada: Shakespeare, G.B. Shaw,
Tolstoi, Robert Frost, F. Scott
Fitzgerald

Upton Sinclair me llegaba
más
que Sinclair Lewis
y consideraba a Gogol y a
Dreiser tontos
de remate

pero tales juicios provenían más
del modo en que un hombre
se ve obligado a vivir que de
su razón.

la vieja Biblioteca de Los Ángeles
muy probablemente evitó
que me convirtiera en un suicida,
un ladrón
de bancos,
un tipo
que pega a su mujer,
un carnicero o
un motorista de la policía
y, aunque reconozco que
puede que alguno sea estupendo,
gracias
a mi buena suerte
y al camino que tenía que recorrer,
aquella biblioteca estaba
allí cuando yo era
joven y buscaba
algo
a lo que aferrarme
y no parecía que hubiera
mucho.

y cuando abrí el
periódico
y leí la noticia sobre el incendio
que había destruido
la biblioteca y la mayor parte de
lo que en ella había

le dije a mi
mujer “yo solía pasar
horas y horas
allí…”.

EL OFICIAL PRUSIANO
EL ATREVIDO MUCHACHO DEL TRAPECIO
TENER Y NO TENER

NO PUEDES RETORNAR A TU HOGAR.

Notas:
La fotografía es de
Pierre Gonnord
La traducción es
de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro

viernes, 13 de marzo de 2009

Elena Medel: Mi primer bikini

Erratas. En la tercera edición, aún quedan. Al menos, eso piensa su autora. La encontré en una librería. Casualidad. Tres meses después de haber leído Tara. Pedí que hiciese una firma en el libro sin pagar. Lo dedicó, tras haber corregido un poema. Imaginé que Tara tenía que ver con las erratas con las que seguían publicando Mi primer bikini. El poema era (es) el siguiente. Y se titula Celebración.


Como cada año amarillo,
las calles se llenan de vestidos
que hacen daño en el cuello,
de pies con zapatos de baile
para estatuas.
En las casetas de tiro surgen
chaquetas con hombros,
proyectiles excesivos
que escupen regalos a las nubes.
Peluches agujereados,
pequeñas botellas abolladas
y tesoros que almacenaremos
en anaquel inadvertido.
Estaciones atrás, un día como éste,
me crucé con una ristra de celofanes,
con mujeres que decían lo hermoso
que es coleccionar brillos y baberos.
Sollocé y pataleé
por un pedazo rojo brillante:
alguien me regaló
lo que parecía un bastón de caramelo.
Al morderlo, el plástico me reveló
que jamás lo que deseamos se parece a lo obtenido.
Con la soberbia de la infancia,
lo pisoteé en el suelo
convirtiendo el bastón
en una caricatura de azúcar astillado.
Al saber qué había hecho, me eché a llorar:
todos los niños –menos yo- tenían un bastón,
exactamente igual a aquel que yo hice trizas.
Siempre todos menos yo; siempre nadie menos yo.

Hoy sigo destruyendo
-cebándome con saña-
las cosas que más quiero.



Nota: La fotografía la encontré en www.triplov.com

domingo, 8 de marzo de 2009

Carlos Pardo: El invernadero


Pana. A esta tela –plastificada-, me recuerdan las cubiertas “Hiperión”. Pana, con surcos verticales, pasada de moda. Pana roja, pana azul; marrón claro, en esta ocasión. Ropa de pobre o de invierno. Libros que forro con papel sin usar, aunque no se pueda leer el nombre del autor ni el título: es, al abrirlos, cuando disfruto de aquellos poemas que me gustan. Del que sigue, por ejemplo.

Cuestión de principios.

Mi ventana es perfecta para verte
y avanzar en tus páginas
o en la rápida pluma que dibuja
constantemente cosas:
figuras muy confusas desde aquí,
palabras que procuro imaginar.

Cuando vuelvo de clase
y te veo encerrada entre los libros
pienso que estás perdiendo la sonrisa
con la luz condensada de tu flexo.
No te he visto jugar con las repipis
que saltan en el parque y juegan a la goma
entre zapatos sucios y canciones,
siempre en casa escondida
desgastando tus mundos inventados
e impresos en papel.

No son libros de clase,
Veo tu biblioteca desde aquí
-confieso que me ayudan los gemelos-
Y hay cosas que envidiar para tu edad:
El Árbol de la Ciencia, Baudelaire,
Valle-Inclán, Luis Cernuda, Garcilaso
y más que no distingo,
los tapa tu casete.

Lo que puedo decirte es verdad sólo en parte:
no merecen los libros ser pagados tan caros,
pero que opine otro menos pobre.


Nota: La fotografía es de María Jesús Gómez Garcés.

viernes, 6 de febrero de 2009

Abraham Gragera: Adiós a la época de los grandes caracteres


Se considera deudor de Juan Ramón Jiménez, aunque éste prefiriera la grafía de la "j" a la de la "g" del apellido de aquel. Elijo el poema, casi al azar, porque podría haber sido cualquiera. Se llama CASI DEMASIADO SERIO.
El aire que improvisa, inacabado, los gestos imprecisos, las cosas que se cogen sólo para soltarlas...me gustan, porque no van a ningún sitio, pero no llegan nunca tarde.
Inestabilidad, tienes nombre de milagro. Somos nosotros los que decimos adiós, los que decimos...Ah, qué no te regalaría si supiera cuánta fruta es un buen regalo...Estaba todo lleno de racimos. Y todo los miraba con nostalgia.
Tal vez porque la soledad es todo lo que ocurre alrededor de ella, las cosas nos enseñan cuánto amor se necesita para pasar desapercibidos. O cuánto deseamos que nos interrumpan: las moscas, como en el siglo diecinueve, lo sabían: las cigarras celebran el amor, no su visión del mundo: la orilla añora el roce de sus eles: mirar un río es también ahogarse.
Si pudiera, pensé, volvería al pasado a por la ropa de entretiempo. Pero la nieve que cegó mis nueve años, con un helor de ojo sin pupila, para borrar el mundo y prometerlo, aún no se ha derretido. Mientras que aquí, el verano y el otoño resultan demasiado familiares para disfrutar de la seducción de los extraños, y demasiado extraños para hablarles con familiaridad:
el sol y la llovizna juegan a la sed.
Quizá porque proponen un nuevo concepto de doma, las tragedias son, no sé, tan infinitivas...que no parecen hijas de su tiempo, verbal, imperativo...y lo que nos ocurre es siempre una liberación, un despertar:
Si con pasos de arena, balbuciendo han entrado ladrones en la casa, te bañaste en mi sueño, ¿no fue para que yo te respondiera no te preocupes, son los nuestros...
Aquella nube bruta, este barro tan dócil...
Ya verás como siga así este tiempo. Van a proliferar las elegías.