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domingo, 11 de febrero de 2024

De tiendas

 



En Pozuelo. Hay muchos pinares sueltos, calles empinadas, casitas De El Caserío. Tiendas no hay ni una. Por qué hay tan pocas tiendas en sitios donde la gente tiene pasta y tantas tiendas en calles como Bravo Murillo, por ejemplo, es algo que no alcanza a entender. Encuentra un restaurante con terraza, llena de quinceañeros años borrachos perdidos a las ocho de la tarde y señoras que están sobrias pero que tienen toda la pinta de ir a emborracharse en cuanto lleguen a casa y se encuentren solas y sin nada que hacer. Se toma una tónica, cinco euros, debe ser de burbujas inmobiliarias.

Esther García LlovetGordo de feria

viernes, 29 de diciembre de 2023

Línea de flotación



...toda historia se trasmite en forma de relato, de la misma manera que todas las noticias se trasmiten en forma de relato. El papel de la novela ha sido siempre el de moverse por debajo de esos grandes relatos, resquebrajarlos, formal y temáticamente, para así acercarse a la experiencia concreta de la realidad.

Karl Ove Knausgård - La importancia de la novela

La traducción es de Kisrti Baggethun y Asunción Lorenzo.

viernes, 23 de septiembre de 2022

Barritas de caramelo


 

Eso era todo lo que un hombre necesitaba: esperanza. Era la falta de esperanza lo que hundía a un hombre. Recordaba mis días en Nueva Orleans, viviendo de dos barritas de caramelo de 5 centavos al día durante semanas con tal de no trabajar y tener tiempo para escribir. Pero el morirse de hambre, desgraciadamente, no ayuda a mejorar el arte. Solo era un impedimento. El alma de un hombre estaba radicada en su estómago. Un hombre podía escribir mucho mejor después de haberse zampado un buen solomillo de ternera y haber bebido medio litro de whisky de lo que jamás podría hacerlo después de haber comido una barrita de caramelo de a níquel. El mito del artista hambriento era una falacia. Una vez que te dabas cuenta de que todo era una falacia, conseguías la sabiduría y empezabas a sangrar y a arder en llamas y a romper tu ser en explosiones.

Charles Bukowski - Factotum

La traducción es de Jorge Berlanga. La fotografía, de Alistair Taylor-Young

viernes, 24 de septiembre de 2021

Palabras de 14 letras

 



El principal problema hasta el momento es que ha habido un abismo demasiado grande entre la literatura y la vida; quienes han creado literatura no han escrito sobre la vida y los que han vivido la vida han sido excluidos de la literatura.

… un poema no debería ser un poema, sino un fragmento de algo que sale bien.

El arte solo es inteligente si te sacude las entrañas, de lo contrario es pura cursilería.

… las palabras que se salvarán serán las pequeñas palabras esenciales que se dicen de verdad. Cuando queremos decir algo de verdad no usamos palabras de 14 letras.

… evitemos ponernos demasiado serios y, con un poco de suerte, nos saldrá algo serio.

No es que me vayan las normas, pero tengo una bien clara: los únicos escritores que lo hacen bien son los que escriben para no enloquecer.

 

Charles Bukowski - La enfermedad de escribir

La traducción es de Abel Debritto.


miércoles, 19 de junio de 2019

Una sombra en una foto mía



     
     Así empezó mi vida. Una vida que pasaba con mi madre, una sombra en una foto mía. Días. Tardes. Noches. Caminatas. Comidas. Ropa. Aceras. Películas. El hogar. Radio. Y los fines de semana, mi padre. Un hombre agradable, corpulento, cariñoso, que nos visitaba. Feliz de volver a casa. Feliz de macharse.
     Entre ellos no sé qué pasaba. Pero, dados sus respectivos caracteres, me inclino por creer que no pasaba nada. Que su vida cambió radicalmente, que allí estaba yo, que el futuro tenía un significado diferente, que aparentemente no se hablaba de otros hijos, que ahora se veían mucho menos; nada ofrecía señal alguna de cómo se sentían el uno con el otro, o cómo manifestaban ese estado. Ninguno de los dos se planteaba demasiadas cuestiones. No se autoobservaban demasiado. La psicología no era precisamente una ciencia que cultivaran.

Richard FordMi madre

La traducción es de Marco Aurelio Galmarini. La fotografía pertenece a Paul Strand.

miércoles, 13 de junio de 2018

Sam Shepard a las seis de la mañana



Seis de la mañana: el viento del sur acaba de amainar después de tres días seguidos soplando furioso. El aire en calma y mucho más cálido. Incluso se siente calor dentro de casa. Pienso: hoy soy exactamente un año más viejo que mi padre a la edad en que murió. Es un pensamiento extraño, como si fuera una especie de logro en vez de puro azar. Algo más que una circunstancia fortuita. Arranco lo largos mangos de seda negra. Hembras. Chisporroteos de electricidad estática azul. Veo que mi pecho desprende chispas. Tengo electricidad en el cuerpo. Cojo las muchas pastillas prescritas por el acupuntor. Las pongo en filas. Colores. Formas. Tamaños. Ni siquiera sé para qué son. Me limito a hacer lo que me han dicho. Alguien debe saberlo. Haz lo que te han dicho. La primera luz se cuela entre los piñoneros. Perros dormidos como leños en el suelo de la cocina, con las patas separadas como si les hubieran sorprendido en pleno galope. Preparo café en la vieja cafetera manchada. Tiro a la basura los posos de ayer. Unos ratones susurran en las rejillas de la calefacción, en busca de calor. Pienso en la respuesta de Nabokov a la pregunta de por qué escribe: “por placer estético”; nada más, “placer estético”. Sí. Signifique lo que signifique.

Sam ShepardYo por dentro

La traducción es de Jaime Zulaika

martes, 16 de septiembre de 2014

Tú sí que vales



El ataque al Estado de bienestar comenzó en el régimen neoliberal anglosajón y ahora se extiende a otras economías políticas más “renanas”, y trata a los que dependen del Estado con la sospecha de que son parásitos sociales más que personas verdaderamente indefensas. La destrucción de las redes del bienestar y los derechos de ayuda social estarían a su vez justificados porque liberan la economía política y permiten que se comporte más flexiblemente, como si los parásitos estuvieran tirando de los miembros más dinámicos de la sociedad. También se considera que los parásitos sociales se alojan en lo profundo del cuerpo productivo, o al menos, eso es lo que  trasmite el desprecio de los trabajadores que necesitan que les digan qué hacer, que no pueden tomar iniciativas por sí mismos. La ideología del parasitismo social es una potente herramienta disciplinaria en el lugar del trabajo: los trabajadores quieren demostrar que no se están alimentando del esfuerzo de otros.

Richard SennettLa corrosión del carácter. Las consecuencias del trabajo en el nuevo capitalismo


La traducción es de Daniel Najmías; la fotografía de Dorothea Lange

miércoles, 23 de octubre de 2013

Antonia



la muerte quiere más muerte y sus redes están llenas
 
Bukowski - “La muerte quiere más muerte”. Neeli Cherkovski, Hank, la vida de Charles Bukowski.
La traducción es de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro.
La imagen es de Bleda y Rosa.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Los mejores del año


La tragedia es la situación americana en la que un hombre tiene que ser un triunfador. Nada más resulta aceptable. Y cuando el triunfador se viene abajo no conserva nada. El ganador no se lleva nada. Hotchner termina el libro: “Ernest andaba en lo cierto: el Hombre no está hecho para la derrota. El Hombre puede ser destruido pero no vencido.”
No, Ernest no andaba en lo cierto: el Hombre está hecho para la derrota. El Hombre puede ser destruido y vencido. Mientras el Hombre solo se conforme con el primer puesto y ni asomo de caída, el Hombre será vencido, destruido y vencido y vencido y vencido y destruido. Sólo cuando el Hombre aprenda a conservar lo que pueda será menos vencido y menos destruido. Nuestra lección con Hemingway es la de un hombre que vivió bien pero fatal, al ver la victoria como único rumbo. Vivió a fuerza de guerra y combate y cuando olvidó cómo luchar se dio por vencido.

Bukowski – Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990).


La traducción es de Eduardo Uriarte, la fotografía, de Ricky Dávila.

miércoles, 2 de marzo de 2011

martes, 7 de septiembre de 2010

Sam Shepard: Locos de amor.


La mataré a ella y luego te mataré a ti. Sistemáticamente. Con cuchillos muy afilados. Con dos cuchillos distintos. Uno para ella y otro para ti…Para que la sangre no se mezcle.




Nota: La fotografía es de Esther Bubley. La obtuve aquí:
http://www.estherbubley.com/lhj_mental_frame_set.htm

sábado, 26 de junio de 2010

Bukowski: Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990)


Tenía una máquina de escribir y nada de oficio. Decidí escribir una novela. La escribí en 20 noches, bebiéndome medio litro de whisky cada noche. Black Sparrow Press aceptó la novela, Cartero. También vendí 2 o 3 capítulos a las revistas como relatos breves. Estaba tomando forma una nueva vida extraña.
Mi primer error fue imaginar que podía escribir muchas horas al día todos los días. Uno
puede escribir así pero obtendrá material diluido y forzado.
Empezaron a llegar otros escritores, a llamar a la puerta, con sus packs de cerveza. Yo nunca los visitaba pero ellos llegaban…Los malos escritores tienen tendencia a hablar de la escritura; los buenos escritores hablan de cualquier cosas menos de eso. Llegaban muy pocos buenos escritores.



Notas.
La traducción es de Eduardo Iriarte.
La fotografía la obtuve en: http://negraisla.files.wordpress.com/2009/10/bukowski0281.jpg

miércoles, 11 de marzo de 2009

Grace Paley: Deseos


Paley. Descubrí este cuento en una antología prestada. Lo que siguió fue comprarme sus Cuentos completos, publicados por Anagrama. De los 44, leí 6. Creo que la razón estuvo en que esperaba puñados de cuentos como Deseos, y me faltó d-i-s-c-i-p-l-i-n-a para seguir buscándolos. Sinceramente: creo que no los hay. No es fácil.
Paley murió hace año y medio, y el marcador sigue con el mismo resultado, en esa media docena de cuentos leídos. Ahora, entre sus hojas, está una necrológica que escribió Rodrigo Fresán. Es lo único que ha cambiado tras su muerte. No solo me refiero al avance de mi lectura. Yo también quiero hacer algo más que leer, otras cosas que las que estoy haciendo. El tiempo pasa.
De momento, como un intento de sacarme ese pensamiento tópico, autocomplaciente y destructivo de la cabeza, queriendo no ser más dramático de lo necesario, copio este cuento, este gran cuento, en el que como todo buen escrito es más lo que se insinúa que lo que se dice. Y se dice mucho.


Vi a mi ex marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.
Hola, mi vida, dije. Habíamos estada casados veintisiete años, así que me sentía justificada.
Él dijo, ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.
Y yo, Bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía.
La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tenido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos manzanas.
Mi exmarido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, que tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que nunca invitaste a cenar a los Bertram.
Es posible, dije. Pero en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños, luego tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no les conociésemos. Pero tienes razón. Debería haberles invitado a cenar.
Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que
jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales.
Pedí prestados de nuevo los dos libros de Edith Wharton que acababa de devolver, porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran
The House of Mirth y The Children, que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York, en veintisiete años, hace cincuenta.
Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi ex marido. Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la cocina que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Daba una sensación majestuosa a nuestro desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar ahítos.
Eso fue cuando éramos pobres, dije.
¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó.
Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, ya no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé. Los niños iban de colonias cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con saco de dormir y botas, como todos los demás. Tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba caldeada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y otras muchas cosas.
Yo quería un barco de vela, dijo. Pero tú no querías nada.
No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde.
¡No!, dijo con gran amargura. Puedo conseguir un barco de vela. La verdad es que tengo el dinero suficiente para una goleta, Me van muy bien las cosas este año, y creo que me irán aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada.
A lo largo de aquellos veintisiete años mi ex marido había tenido la costumbre de hacer comentarios hirientes que, como el desatrancador del fontanero, se abrieran paso oído abajo, bajaran por la garganta y llegaran hasta mi corazón. Y entonces desaparecía y me dejaba con aquella sensación de opresión que casi me ahogaba. Lo que quiero decir es que me senté en las escaleras de la biblioteca y él se fue.
Eché un vistazo a
The House of Mirth, pero perdí interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que hay cosas que quiero.
Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano.
Había prometido a mis hijos poner fin a las guerras antes de que fueran mayores.
Hubiera querido estar casada para siempre con las misma persona, bien mi ex marido, bien mi marido actual. Cualquiera de los dos tiene suficiente personalidad para llenar una vida, lo cual, si bien se mira, tampoco es tanto tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades del hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos.
Esta mañana, precisamente, me asomé a la ventana para mirar un rato a la calle y vi que los pequeños sicomoros que el ayuntamiento había plantado soñadoramente un par de años antes de que nacieran los niños habían llegado a su plenitud.
¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que, cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me hace darme cuenta de mi propia valía, soy capaz de obrar de la manera adecuada, aunque sea más conocida por mis comentarios afables.


Notas.
La fotografía pertenece a gentl & hyers / edgreps.com
La traducción es de J. M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez.

domingo, 1 de febrero de 2009

Gianni Celati: Narradores de las llanuras




El mundo sigue adelante porque la gente piensa en ello, es decir, piensa en hacerlo seguir adelante. Así de simple. Tan simple, que uno puede arreglárselas para explicarlo en media hora.
No sé si estas afirmaciones son del todo ciertas. No obstante, para recorrer este libro basta con descender ciento veinte metros de altitud, leer treinta cuentos y saltar el paralelo 45º N marcado en un cartel de chapa. Con otras palabras: basta con que recorramos una parte de la infancia y la adolescencia de Celati para entender gran parte de las transcurridas en el mundo occidental; el binomio campo-ciudad.
Afiladores en moto, olivos retorcidos, sillas de cocina, refugios antiatómicos, minifundios de igual tamaño, chimeneas de ladrillo rojo, braceros parados e inquietos, flores que frotadas huelen a ajo, búnkeres alemanes o viejos convencidos de que los mosquitos son los muertos que vuelven, son muestras de ese mundo que se destruye.
Algunos compararon este libro con las Mil y una noches, otros enfocaron la atención hacia su lenguaje deliberadamente simple. No parece extraño que, como remedo de Sherezade, Celati buscara salvar el entorno de su infancia, aunque lo intente de un modo a veces fantástico, con historias que parecen haberse trasmitido oralmente y se cuentan con una intención que se aclara al acercarnos a la desembocadura del Po. Una intención que tiene su contrapunto en la recomendación que un médico le hace a un paisano apesadumbrado: …Hay que hacer un esfuerzo para olvidar que los demás juzgan, de otro modo nos paralizarnos. Sin embargo, a mí me ha ido interesando más lo que pensaba esta gente de las llanuras: De lo que se trataba era de recetar medicinas para el mundo.
En el surco de esta idea se encuentra el cuento titulado Una noche antes del fin del mundo. Una maestra vive asustada desde que se entera de las consecuencias que traerá la acumulación del CO2 urbano en todo el planeta. Probablemente en 1985, cuando se publicó el libro en Italia, este cuento parecería muy ciencia-ficción, sin embargo hoy es una idea más –algunos creen que solo eso- de nuestro imaginario colectivo.
Nos contentamos con mirar a otro lado. Y no pensar mucho por qué el mundo sigue adelante. Más o menos, como lo hacemos al hablar de bibliotecas digitales, aunque, mientras llegan, no podamos leer gran parte de los libros que nunca fueron rentables. Pero siempre queda la esperanza: No hace cinco años que este autor se tradujo al vasco.

lunes, 26 de enero de 2009

Bukowski: Lo que más me gusta es rascarme los sobacos

En agosto de 1985, Bukowski se casó con Linda Beighle. Ese mismo año, Sean Penn –un entregado lector suyo- rivalizaba por ser el protagonista del Barfly que interpretó finalmente Mickey Rourke sin haber leído una sola página. La entrevista de Fernanda Pivano fue cinco años antes de todo esto, y en la presencia de Linda.
Era de lo poco que me quedaba por leer en los libros de prosa de Bukowski. Consultando el ISBN he encontrado un volumen de cartas que tendré que conseguir. Pocas novedades, por tanto. Pero sus historias locas y mil veces repetidas me han hecho disfrutar de nuevo. Entre todas, la que le ocurrió tras dejar su puesto de cartero para vivir de la escritura es la que menos recordaba.
El hijo de John Webb, el impresor de sus primeros libros, se acercó a su casa con un corazón humano en formol y le dijo que se lo llevaba porque después de dejar un trabajo tan seguro era lo que le haría falta. Bukowski lo guardó en un armario para no sentir nauseas cada vez que se encontraba con ese trozo de músculo rodeado de grandes venas azuladas. Así pasó su primera semana de escritor profesional. Me recuerda, a su vez, un poco al colegio: al corazón de escayola con pie metálico: el músculo color chocolate, las venas azules y las arterias rojas, cortadas de un tajo a medio camino.
Hubo un tiempo en que Bukowski fue mi dios. Mi dios o mi héroe. Lo leí sobre todo de adolescente, cuando precisamente se desarrollan los poderes de héroes como Superman que nunca creí. No hacen falta muchas zancadas para darse cuenta de que uno de los poderes que me traspasó Bukowski fue el que le permitía aguantar sus frustraciones. Él me ayudó a mantener los pies en la tierra. Y mis orígenes sociales en la cabeza.