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martes, 1 de enero de 2019

Gentrificación de los rebaños




     Después de atender durante unos minutos, reconocí que la maldita profesora creía que éramos demasiado bobos y carentes de imaginación como para llegar “a hacer algo con nuestras vidas”. Nos pinchaba, instándonos a alzarnos por encima de nosotros mismos. Éramos demasiado tontos como para querer salir de aquel lugar de sucios trabajos sin futuro y costumbres provincianas de mente estrecha. No había nada allí para nosotros, debíamos abrir los ojos y verlo. A su juicio, dejar pronto la escuela para ponerse a trabajar con las ovejas era más o menos lo mismo que ser idiota.




     La idea de que tanto nosotros como nuestros padres y madres podíamos ser gente inteligente, trabajadora y orgullosa que se dedicaba a algo que merecía la pena, algo que podía ser incluso admirable, se le escapaba. Para una mujer que creía que el éxito se demostraba a través de la educación, la ambición, el afán de aventura y la ostentación de los logros profesionales, nosotros debíamos de constituir un grupo bastante pobre. No recuerdo que nadie mencionara alguna vez la palabra universidad en aquella escuela; de todas formas nadie quería ir: quienes se marchaban dejaban de pertenecer a aquel lugar, cambiaban y nunca podían regresar del todo, eso lo teníamos bien claro. 




     La escolarización era una "salida", pero ninguno queríamos tomarla, ya habíamos elegido. Más tarde llegaría entender que las comunidades industriales modernas están obsesionadas con la importancia de "ir a alguna parte" y de "hacer algo en la vida". Lo que queda ahí implícito es una idea que he llegado a aborrecer: que permanecer en la comunidad local y desarrollar un trabajo físico no tiene mucho valor.   

James Rebanks - La vida del pastor.

Traducción de María Serrano y fotografías de Carlos Cánovas.

miércoles, 13 de junio de 2018

Sam Shepard a las seis de la mañana



Seis de la mañana: el viento del sur acaba de amainar después de tres días seguidos soplando furioso. El aire en calma y mucho más cálido. Incluso se siente calor dentro de casa. Pienso: hoy soy exactamente un año más viejo que mi padre a la edad en que murió. Es un pensamiento extraño, como si fuera una especie de logro en vez de puro azar. Algo más que una circunstancia fortuita. Arranco lo largos mangos de seda negra. Hembras. Chisporroteos de electricidad estática azul. Veo que mi pecho desprende chispas. Tengo electricidad en el cuerpo. Cojo las muchas pastillas prescritas por el acupuntor. Las pongo en filas. Colores. Formas. Tamaños. Ni siquiera sé para qué son. Me limito a hacer lo que me han dicho. Alguien debe saberlo. Haz lo que te han dicho. La primera luz se cuela entre los piñoneros. Perros dormidos como leños en el suelo de la cocina, con las patas separadas como si les hubieran sorprendido en pleno galope. Preparo café en la vieja cafetera manchada. Tiro a la basura los posos de ayer. Unos ratones susurran en las rejillas de la calefacción, en busca de calor. Pienso en la respuesta de Nabokov a la pregunta de por qué escribe: “por placer estético”; nada más, “placer estético”. Sí. Signifique lo que signifique.

Sam ShepardYo por dentro

La traducción es de Jaime Zulaika

miércoles, 30 de mayo de 2018

Lobo Antunes 1




Nunca me di cuenta de cuándo se deja de ser pequeño para convertirse en mayor.
Probablemente cuando nos empieza a gustar ducharnos. Probablemente cuando nos ponemos tristes. Pero no estoy seguro: no sé si soy mayor.

En mi familia los animales domésticos  no eran perros ni gatos ni pájaros. En mi familia los animales domésticos eran los pobres.
El plural de pobre no era pobres. El plural de pobre era esta gente.

Un conocido mío solía afirmar que el aire de campo es puro porque los campesinos duermen con la ventana cerrada.

La verdad es que parte de mi futuro ha quedado detrás de mí.


António Lobo Antunes Libro de crónicas. Una selección

La traducción es de Mario Merlino