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jueves, 2 de diciembre de 2010

Julián Rodríguez: Tríptico.



Ella había crecido rodeada de libros, y yo…la amaba por aquella biblioteca que nunca había tenido…Alargué nuestra relación, lo confieso, para disfrutar de su biblioteca. Le robé cien, doscientos, trescientos libros. Quizá la alargó ella…Mi biblioteca no está compuesta sólo de libros. En algunos huecos he ido dejando discos que ya no puedo escuchar. Discos que son, al fin, “sujetalibros”.
Anoche, después de pensar en aquella biblioteca, busqué un libro de un escritor portugués…había comprado Biblioteca en… Aveiro…Nos habíamos detenido en un bar de carretera…recuerdo sobre todo aquel bar, la hija adolescente de la dueña untando nuestro pan con mantequilla salada, envidiándonos porque éramos españoles y estábamos de vacaciones
¿Dónde está ahora?
He creído verla, uno de estos días, entre el público de un concierto de The Gift que pasaba la TDT.

Nota: La fotografía es de Leo Simoes, pertenece a su proyecto silencio y olvido (2008-2009),  y la encontré en: www.leosimoes.com/proyectos/silencio/02.html.
Un enlace a The Gift y a esa virgen que aparece en la fotografía: www.youtube.com/watch?v=fUt0Vv53BWY

viernes, 15 de octubre de 2010

Julián Rodríguez: Antecedentes.


NEVADA

Dejaste un vaso
en la ventana
para que recogiera las gotas de rocío.
Sin embargo, ha nevado, y el vaso es ahora
una torre
como esos edificios.
La nieve a su manera
le hizo un homenaje a la ciudad. La nieve sabe
hacer las cosas:
cuando el sol salga
de nuevo
brillarán sus paredes otra vez:
un rascacielos más de vidrio,
pequeño, a tu medida,
entre los árboles
de ese jardín que ves al levantarte.


Nota: La fotografía, de Nan Goldin, la encontré en:http://www.chocolateyron.com/2009/10/nan-goldin/

viernes, 19 de marzo de 2010

Julián Rodríguez: Unas vacaciones baratas en la miseria de los demás.




“La mezcla de sinceridad y mentira siempre da como resultado una mentira; la mezcla de fuerza y debilidad, siempre debilidad; y la de bondad y maldad, siempre maldad.”
Aprendí eso de mi padre. De las matemáticas. Del álgebra. El signo que se impone es siempre el negativo.

Julián RodríguezUnas vacaciones baratas en la miseria de los demás

miércoles, 18 de febrero de 2009

Carver

Mi hermano me habla de un fotógrafo que le gusta. Después, me pregunta un amigo que cuándo voy a postear algo de Carver. De la poesía de Carver, quiere decir. El día de mi cumpleaños, le digo. Hoy, ahora.
Coincidimos en gustos lectores y, tanto él como yo, preferimos su poesía a los relatos. De alguna manera, porque no es tan obligatoria su lectura. No solo por eso. Es algo sincero, es algo difícil de explicar, algo que nos parece evidente desde hace tiempo, sin estar convencidos de que pueda parecer así a muchos lectores. Su poesía, sus versos mezclados con los de Chéjov y con otros que no son los de Chéjov, o que son los suyos con diferente nombre. Se podrían intercambiar sin notarse grandes diferencias. Y, ¿qué poesía, de entre tantas, escoger?
Aquí, entra en escena la trilogía de Julián Rodríguez. Ya se sabe: Lo improbable, La sombra y la penumbra y Ninguna necesidad. Tres obras que unió después de haber eliminado veintiséis frases. Tengo la manía de establecer relaciones: Y esa trilogía, desde antes de serlo, empieza con curvas y termina de la misma manera: girando el volante.

Primera página de Lo improbable:

El poema se titulaba “Miedo”…
Conducía despacio…Su ánimo hacia él cambiaba como las curvas de la carretera: vacío, unas; compasión, otras.

Última página de Ninguna necesidad:

Luego pensó: Es el miedo (¿tan sólo el miedo a volver’).
Conducía despacio. Al principio muy despacio, para no dejar de ver la gasolinera, niños, humo que se alzaba ya gris.
Una curva y todo desapareció (curva suave, digna de aquella autopista).
Aceleró.


Estaba claro que Miedo tenía que ser un poema, el poema de inicio de la trilogía; Ninguna necesidad, el otro. Éste de Un sendero nuevo a la cascada, y de diferente traducción al primero, que también aparece en Todos nosotros.


Miedo

Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja,
Y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acaba con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.

Ninguna necesidad

Veo un sitio libre en la mesa.
¿Para quién? ¿Quién falta? ¿A quién le estoy tomando el pelo?
El barco espera. Ninguna necesidad de remos
o de viento. He dejado la llave
en el mismo sitio. Ya sabes dónde.
Recuérdame, y todo lo que hicimos juntos.
Ahora estréchame con fuerza. Eso es. Bésame
en la boca. Ahí. Ahora
deja que me vaya, querida. Déjame ir.
Ya no nos volveremos a ver en esta vida,
Así que dame un beso de despedida. Aquí. Vuélveme a besar.
Otra vez. Ahí. Ya es suficiente.
Ahora, querida, deja que me vaya.
Es hora de ponerme en camino.

Nota: La fotografía es de Todd Hido

miércoles, 7 de enero de 2009

John Berger: Diferencia entre poema y cuento

Este párrafo aparece en un poemario, en el único poemario por ahora, de Julián Rodríguez: Nevada (Renacimiento, 2000)

Los poemas no se parecen a los cuentos, ni tan siquiera cuando son narrativos. Todos los cuentos tratan de batallas de un tipo o de otro, que terminan en victoria y derrota. Todo avanza hacia el final, cuando habremos de enterarnos del desenlace.
Indiferentes al desenlace, los poemas cruzan los campos de batalla, socorriendo al herido, escuchando los monólogos delirantes del triunfo y del espanto. Procuran un tipo de paz. No por la hipnosis o la confianza fácil, sino por el reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no puede desaparecer como si nunca hubiera existido. Y sin embargo, la promesa no es la de un monumento. (¿Quién quiere monumentos en el campo de batalla?) La promesa es que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo, a la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía a gritos.
Los poemas están más cerca de las oraciones que de los cuentos.