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sábado, 15 de octubre de 2011

La mesa puesta en El clavo en la pared


Hace unos días, y después de leer La mesa puesta, Jesús Ortega escribió lo que, según me dijo, es una nota de lectura. Habían transcurrido unos meses, su blog estaba cerrado por trabajo [un nuevo libro] y fue una alegría doble ver cómo y por qué volvía a abrirlo. En privado comentamos algunas cosas más sobre La mesa [algunos errores] en las que estuvimos de acuerdo y que se pueden resumir con una frase parecida a que el futuro guarda sorpresas para quien es impaciente. Así que hago caso a la última frase de su nota e intento cargarme de serenidad. De momento, no pretendo otra cosa que estarle muy agradecido.

Me siento un poco raro volviendo a escribir en el blog, después de tanto tiempo. Es como si regresaras a tu casa intacta y cerrada tras un largo viaje. Lo primero es abrir las ventanas para que se vaya ese extraño olor. Ir familiarizándose con los espacios. Las maletas se quedarán unos días en el pasillo, para que cumplan su función y conecten mágicamente la vida que se dejó y la que se retoma.

Algún día tenía que ser. Por ejemplo, ahora que acabo de leer un libro de relatos de Manuel Abacá, La mesa puesta.

Sé muy bien que, en literatura, nunca hay que confundir al narrador con el escritor. Pero en medio de ese complicado juego de desdoblamientos que se establece entre uno y otro, los lectores son libres de imaginar cosas. Leyendo La mesa puesta (algunos de cuyos personajes se llaman también Abacá) se me ocurre, por ejemplo, que el Abacá que asoma por estas páginas como protagonista o como narrador quizá pudiera tener en común con el Abacá escritor un mismo origen social. Se me ocurre que el Abacá de carne y hueso tal vez sea de esos escritores que han (que hemos) crecido en entornos donde no había una nutrida biblioteca familiar, ni cultura burguesa, ni dinero para adquirirla. Forman (formamos) una minoría, en cierto modo reconocible, con rasgos y actitudes compartidos, aunque con resultados personales muy distintos. Este tema es interesante, daría mucho que hablar. En otra ocasión.

En los relatos de Abacá hay obreros, hijos que van a la mili, mujeres que hacen trabajos de costura en casa, niños que juegan al fútbol en la barriada, bares de pueblo, discotecas, vías del tren adonde irse a fumar un porro por la noche, amigas que no acaban de convertirse en novias. Hay, sobre todo, una actitud alerta hacia las pequeñas tristezas, tan fina que es capaz de intuir reverberaciones de catástrofes invisibles en la tersa superficie de lo cotidiano.

Los narradores intentan modestos recuentos del fracaso, de la ternura o de la supervivencia. Una lucidez en clave menor. Me gusta la elusiva levedad con que los sensibles narradores de Abacá abordan los problemas. (A veces, demasiado leve, todo hay que decirlo.) No se ven los golpes, sino la remota huella que dejan en el alma. O, dicho de otra manera: más que heridas, hay rasguños. Eso no quiere decir que duelan menos.

Para mi colección de relatos sobre padres e hijos: "El podio" y "Prefijos".


El humo de los bares ha dado paso al cuchillo de aire frío que silba en la noche como si fuera una esquina. Se acercan a la estación de trenes. La carretera solitaria que parte la comarcal es una cinta negra con una farola al fondo. Sus luces marcan tres conos de niebla naranja. Hombro con hombro, caminan apretando el paso, las cabezas algo pesadas por el alcohol, mirando hacia la claridad y fumando. Parecen dos insectos con los cuellos de las cazadoras alzados, dos luciérnagas que quisieran ser polillas y buscaran claridad.


("Deseos")


Sigue escribiendo, Abacá.

La fotografía es de Dimitri Stefanov.

domingo, 13 de marzo de 2011

La mesa puesta en Literaturas.com



En el número de marzo de La Revista de Literaturas.com, aparece esta reseña de Álex Chico que no quiero dejar pasar sin hacerle hueco en este blog.
  
La mesa puesta, de Manuel Abacá (Madrid, 1970), es uno de los últimos ejemplos que confirman la buena salud de los talleres literarios, en este caso los que organizan la Asociación de Escritores Extremeños y la Asociación de Universidades Populares. Sin ser los únicos, obviamente (pienso, por ejemplo, en los talleres de Clara Obligado en Madrid o en los de Sergi Bellver en Barcelona), lo cierto es que algunos de los nuevos autores que se han dado a conocer recientemente han surgido gracias a las clases o el asesoramiento de varios escritores extremeños. Quizás, el ejemplo más llamativo sea el de Juan Ramón Santos, que ha ido configurando una obra sólida y que, tras varios libros, ha culminado en la tan bien acogida novela Biblia apócrifa de Aracia (Del Oeste Ediciones, Badajoz, 2010). Uno de esos últimos casos, decimos, es el de Manuel Abacá.
La mesa puesta, su primer libro, está compuesto por ocho relatos y una introducción, cuyo título es “Un trabajo invisible”, y que sirve como punto de partida o como justificación, no sé si del todo oportuna, sí, en cambio, lo suficientemente bien escrita como para formar parte, como un cuento más, del resto de relatos que componen esta nueva edición de la Editora Regional de Extremadura. No debemos olvidar la cita que inicia el libro, de Julián Hertbert: “Una casa no siempre es donde te sientes a tus anchas, es más bien donde los otros saben que pueden encontrarte”. Las palabras de Herbert nos anticipan varios de los temas de La mesa puesta. Y de la forma que ha elegido para contarlos. El primero de los relatos (o el segundo, si consideramos esa introducción como un cuento más), “El podio”, nos sitúa ante un autor que sabe narrar, que se ocupa, sin ambages, de historias aparentemente sencillas, minúsculas. Decimos aparentemente porque, tal y como nos enseñó Chéjov, en las historias sencillas se encierran los grandes temas universales, desplegando un abanico complejo de emociones y sentimientos humanos. Abacá nos hablará de la relación entre padres e hijos, de conversaciones entre amigos, de historias durante el servicio militar o de un equipo de fútbol infantil. Lo que une a todas esta narraciones es que el autor se dirige a lo que esconden esos personajes. La esencia pocas veces se hace visible. La acción, en realidad, está en lo que no se dice, en lo que queda oculto. En todo aquello que no se ha contado y que, sin embargo, forma parte de la manera de ser del personaje. En ese sentido, un acierto del autor es la manera en que se desarrollan los relatos. Abacá  conduce al lector por caminos diferentes al que pensábamos desde el inicio. No es que estos cuentos sufran grandes giros. Se trata de involucrar al lector en una historia dentro de una historia general, de un planteamiento inicial. Casi todos los textos que se recogen en La mesa puesta tienen una historia dentro, a veces como una simple anécdota y otras como una evocación del pasado. Lo que intuimos desde su lectura es que esas historias paralelas dan la dimensión real del personaje. Le sitúan, le ubican, le interpretan, haciéndonos entender que, si la explican, es porque encierran la realidad de su estado actual. No son, por eso, banales, sino imprescindibles, cruciales, confiándose casi como un secreto, aunque no se  narre nada fuera de lo común. Es más: si fueran más comunes, resultarían, incluso, extravagantes. Por eso no importa tanto lo que son esos personajes. Se trata, más bien, de lo que insinúan. En su proceso de aprendizaje recapitulan parte de su vida y pretenden, así, expurgar su culpa. Personajes que se cuestionan a sí mismos y que, a veces, nos ofrecen su propia respuesta. Pensemos, por ejemplo, en el personaje del relato “Enero”, cuando busca explicación al porqué de su maniático orden. “¿Por qué soy así? Es una pregunta que me hago a menudo en el fregadero. Supongo que solo ordenando las cosas, entiendo cómo se desordenan”. ¿Por qué han llegado a tal o cual situación? ¿Por qué se sienten de una manera determinada? ¿Desde cuándo actúan así? Esas historias paralelas ponen de manifiesto su fragilidad, hechos aparentemente triviales que son capaces de dinamitar todo el universo de los personajes, su forma de relacionarse y su manera de juzgar lo que les rodea.
No obstante, Abacá se ha guardado una última jugada. Me refiero al relato que cierra el libro, “Prefijos”. Aquí encuentro no sólo el que para mí es el mejor de los cuentos que incluye, sino un compendio de los grandes aciertos de La mesa puesta: intensidad y profundidad a la hora de relatar una relación familiar, apego a la realidad (para dinamitarla), historias evocadas que son capaces de resumir toda una vida, intuición, insinuación... Todo ello, decimos, con una forma que se ajusta perfectamente a lo narrado, sin necesidad de demostrar al lector grandes e innecesarios alardes estilísticos, y que bien podrían despistarle.
La mesa puesta es, en definitiva, la estupenda carta de presentación de un autor al que, imaginamos, un largo recorrido literario. Y una muestra más de la importancia de una editorial implicada en continuar el buen momento de la literatura extremeña. Esperemos, por eso, que se den por aludidos los que nunca, ni antes ni ahora, la han valorado en su justa medida.


+ Álex Chico y su blog Isla de Elca

x la fotografía es de André Cepeda.

domingo, 30 de enero de 2011

La mesa puesta en El Síndrome Chéjov.



Los primeros archivos históricos que abrieron en España son de mediados del XIX. Es decir, Chéjov los pudo conocer. Lo que no existía entonces era el fenómeno blogger. Para mí, el archivo de El síndrome Chéjov es de los mejores, de los más cuidadosos a la hora de dar opiniones y hacer entrevistas que yo conozca.
Las entradas de hace cinco años coinciden cronológicamente con mi interés por el cuento. Ahora, también La mesa puesta forma parte de ese archivo. Me doy cuenta de que, más que en un lugar histórico, está en un blog muy vivo; en un blog que, como ciertos jardines, parece seguir lo que Chéjov recomendaba aplicar a un texto: mantenlo limpio. Y me alegro por ella.
La fotografía pertenece a enric sirera.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La mesa puesta en Cuentos de barro.



Antonio Báez escribió así sobre La mesa puesta. Lo copié de su blog: Cuentos de barro. Es algo que me alegra mucho y le agradezco igual.

El escritor se pregunta sobre la resistencia de su libro de cuentos comparándolo con un camino con ocho puentes, uno por cada cuento de los que componen el brevísimo volumen titulado La mesa puesta. El escritor se llama Manuel Abacá. Lo que tiene que soportar ese camino es el tránsito de cada uno de sus lectores. El escritor está seguro de no poder ofrecerle al lector otro camino que el que le pone por delante y esa situación le “hace estar más expectante que nunca”. ¿Resistirá la prueba?
Juzguen ustedes mismos: “Me gustaría mirar dentro de la cabeza de gente como ese teniente para saber en qué se distingue de la mía, para saber qué parte que me permitiría como a él ser una especie de ganador, odio.” (pág. 43) Otro regalo: “Siempre tomo leche con galletas empapadas. Siempre limpio lo que mancho, siempre recojo lo que usan los demás y lo que estorba, lo que nadie quiere. ¿Por qué soy así? Es una pregunta que me hago a menudo en el fregadero. Supongo que solo ordenando las cosas, entiendo cómo se desordenan.” (pág. 46) La escritura de estos relatos es tan sencilla y tan difícil, tan profunda y tan sutil que a este lector le corroe una envidia malsana perfectamente contrarrestada por le emoción y la lección que proporciona. Está muy bien que venga alguien de pronto y con el tono de una voz apacible, con la sensatez de su mirada, con la relevancia de los detalles que le importan me haga callar en este guirigay de voces ventrílocuas que yo sólo he montado en torno a si la literatura tiene un culo muy grande o muy pequeño, al que estamos todos asomados. Las historias de Manuel Abacá salen directamente del corazón y de la inteligencia de la literatura. Esto es, amigos, que me han dado sopas con honda. Para callarse y enrojecer. La mesa puesta es un libro de 75 páginas. No importa, no se agota en una primera lectura. Puede uno volver a cada una de sus historias muchas veces, porque no hay en ellas ninguna de esas sorpresas que una vez desveladas por la primera lectura pierden un misterio vacío, aparente. La sabiduría de estos textos está detrás de lo que cuentan, activan el resorte de la inteligencia en el lector, hacen que uno quiera saber qué más se puede encontrar debajo de esas palabras. Y ahora tengo la suerte de volver a leer este libro de 75 páginas. Por supuesto, resistió la prueba.


Nota. La fotografía es de Oscar Molina. www.oscarmolina.com/omesgobjetos.html#

domingo, 14 de noviembre de 2010

La mesa puesta en Trazos.

Una reseña publicada el 13/11/10 en Trazos, el suplemento cultural del diario Hoy. (Se lee mejor, pinchando en la imagen).