lunes, 21 de mayo de 2018

Forasteros




Mirábamos mal a los chicos de ciudad que venían a pasar las vacaciones al pueblo de su padre o de su madre.

Algunas chicas ya se dejaban tocar por debajo de la camiseta.

Eso contaban.

Forastero. Era el término empleado por los mayores.
“Se ve mucho forastero”, solía decir mi abuelo, que estaba casi ciego.

El grupo de canto y baile regional, al que mi hermana pertenecía, actuaba varias veces a lo largo del verano.

Las terrazas de las cafeterías llenas de orgullo de emigrante…

Urbano Pérez SánchezTrieste

La fotografía es de Juantxu Rodríguez

viernes, 18 de mayo de 2018

Proximidad de la decadencia




… Nietzsche considera que la decadencia se remonta al inicio de la filosofía, con Sócrates y Platón, y a la postulación de un mundo verdadero diferente del de aquí. A grandes rasgos, éste sería el planteamiento nietzscheano: con el término nihilismo se designa la forma y  el sentido de la crisis que afecta al conjunto de la civilización occidental.

[…] La civilización occidental es decadente porque culmina con el dominio de los débiles sobre los fuertes y, por tanto, sepulta la voluntad de poder. Ejemplo privilegiado de la decadencia lo tenemos en la figura del sacerdote, capaz de defender en sus homilías que una vida disminuida es, en el fondo, la mejor de las vidas. En tal sentido cabe hablar del nihilismo como del dominio de la nada.

[…] La filosofía de la proximidad es también una respuesta al nihilismo […] En lugar del eterno retorno, el “retorno a casa”. Nietzsche podría decir que esto es una vulgar réplica del peor cristianismo. Pero éste es precisamente el embate que hay que resistir. En vez de la voluntad de poder, la resistencia;  en vez del superhombre, la proximidad; en vez de la afirmación, la “problematicidad”; en vez del futuro, la memoria.

Josep Maria Esquirol -  La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad.

La fotografía es de Sebastião Salgado.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Algo que simplifica el mundo


       El horror no prueba nada […]. Si solo disponemos de descripciones del horror, no tendremos ninguna razón contra la guerra, pero tampoco la tendremos si nos conformamos con exaltar la alegría de vivir y la crueldad del duelo inútil. Llevamos miles de años hablando de las lágrimas de las madres. Ya es hora de admitir que esas palabras no impiden que los hijos mueran.

    No encontraremos  la salvación en ningún razonamiento. En mayor o menor número, las muertes… ¿por debajo de qué cifra nos parecen tolerables? No fundaremos la paz sobre esa miserable aritmética. Diremos: “El sacrificio necesario…La grandeza y la tragedia de la guerra…” O, mejor, no diremos nada. No disponemos de las palabras que nos permitan desenvolvernos sin razonamientos complicados entre estas muertes tan distintas. Nuestro instinto y nuestra experiencia nos hacen desconfiar de los razonamientos: todo se puede demostrar. Pero una verdad no es algo que se demuestre, es algo que simplifica el mundo.




         Hace un año visité el frente de Madrid y me pareció que el contacto directo con la realidad de la guerra era más fértil que los libros. Me pareció que sólo viendo a los hombres en guerra se podía aprender algo acerca de ésta. Pero para conocerlos en lo que tienen de universal hay que olvidar que existen dos bandos y dejar a un lado las ideologías. [ …] La guerra es absurda. No obstante, hay que elegir un bando. 

     No me objetéis con la evidencia de vuestras verdades; tenéis razón. Todos tenéis razón. Tiene razón incluso aquel que culpa a los jorobados de todos los males del mundo. Si declaramos la guerra a los jorobados, si difundimos la idea de una raza de jorobados, pronto conseguiremos exaltarnos en su contra. Cualquier vileza, cualquier crimen, cualquier prevaricación cometida por un jorobado, se la haremos pagar a todos ellos. Y a eso le llamaremos justicia. Y cuando ahoguemos en su propia sangre a un pobre jorobado inocente, nos encogeremos tristemente de hombros: “Son los horrores de la guerra… Pagan justos por pecadores… Está pagando por los crímenes de los demás jorobados…” Porque claro, los jorobados también cometen crímenes.



       
       Así que olvidaos de esas divisiones que, una vez aceptadas, acarrean todo un Corán de verdades inquebrantables y junto con ellas un fanatismo ciego. Se puede dividir a los hombres en hombres de derechas y en hombres de izquierdas, en jorobados y no-jorobados, en fascistas y en demócratas, y todas las divisiones son irrefutables; pero la verdad, ya lo sabéis, es lo que simplifica el mundo, no lo que siembra el caos.


Antoine de Saint Exupéry  - en la guerra de España

Traducción: Andoni Eizaguirre Ugarte

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Desarrollo



Después de todo, en nuestro rincón de costa atlántica, en menos de diez años bastante poblada, aunque chapuceramente, por miles de casas baratas de vacaciones trasplantadas sin pausa a las dunas, en lugar de árboles, desde La Faute-sur-Mer hasta Jard-sur-Mer y Talmont, pasando por La Tranche y Longeville, algunas fortunas habían caído como abandonadas ahí por el mar, sobre la playa. La Trance-sur-Mer, que no era más que una aldea que el viento barría por detrás de sus playas, bruscamente se había convertido en ese muestrario disparatado y pretencioso que habría querido competir con Saint-Jean-de-Monts o Pornic: había hasta un casino, construido muy cerca del mar (cada invierno había que ir a agregar rocas para impedir que se derrumbara), y autos se le habían vendido a todo el mundo, desde el albañil hasta el farmacéutico, desde el electricista hasta el vendedor de muebles, y en verano mientras duraba la temporada, dado que con Roy de L’Aiguillon éramos el único surtidor de nafta, ya no parábamos. El abuelo iba a cumplir sus sesenta y cinco años ese año, y nunca se había planteado la cuestión: para él, ese trabajo de toda una vida, el edificio y la casa, todo aquello iba a continuar con el hijo. Tal vez tenían conversaciones, si convenía ir a establecer su dormitorio y su sala de estar en otra parte, dejar también al hijo la casa con la puerta que daba de la cocina al taller, cuando mi padre les anuncio que Citroën le ofrecía una concesión: igual que Murs o Guénan, y para mi abuelo ya sin duda era demasiado grande para pensarlo. Estaría orgulloso de eso, unos años después. Citroën envía a mi padre a formarse, durante dos meses, A Saint-Brieuc, en un taller de mejor tamaño. Le ofrecen garajes, en La Réole o  Loudun, de los que pronto se disuade porque el competidor con Peugeot también es alcalde de la ciudad.

François BonMecánica

La traducción es de Ariel Dilon; la fotografía, de Ilya Kovrikov

domingo, 19 de marzo de 2017

Ignorantes, sucios y portadores de enfermedades




     La singular naturaleza de  la agricultura de California depende de estos temporeros y de sus continuos desplazamientos. Los trabajadores del lugar no dan abasto para recoger el melocotón y la uva, el lúpulo y el algodón. En una huerta de melocotoneros grande, por ejemplo, harán falta otros dos mil pera recoger y empaquetar la fruta. Y si estos dos mil temporeros no llegan, si la campaña se retrasa tan siquiera una semana, la cosecha se pudrirá y se echará a perder.
     Así, en California nos encontramos con una curiosa actitud hacia un colectivo que garantiza el éxito de nuestra agricultura. A los emigrantes los necesitamos y los odiamos.

John SteinbeckLos vagabundos de la cosecha
La  fotografía es de Bernard Plossu


sábado, 19 de diciembre de 2015

Cálculos




Calcula bien tus energías. Esos que ves ahí nunca van a votarte. Les pondrás baldosas de oro, macetas con tulipanes, perfumes en los sumideros de los retretes. Nunca van a votarte. Luego están otros, los de sonrisa de plato, los que te abrazan en los cócteles. Te van a desear toda la suerte, te dirán hay que hacer algo para que esto cambie. Pero tampoco lo harán. Dirán a sus amigos: dadas las circunstancias…, lo que ahora conviene…, lo mejor para todos… y toda esa mierda. Luego están los que siempre desconfían, los que dicen que no votan. Que no creen en el sistema. Que les roban los políticos. Que se quedan con su dinero. Nunca les vi hacer nada por nadie, ni siquiera por ellos mismos. Esos son imprevisibles. Están los que te votaron y ya se han arrepentido, los que dicen que jamás te votarán. Son un verdadero filón. En el fondo desean creer que no se han equivocado. Insiste sobre ellos. Y luego están los tuyos, los fieles, los de misa diaria. Los que siempre votarán tus colores. Algunos de ellos te desprecian, pero van a votarte. Esos los tienes seguros, como también a los que creen ciegamente. Los que piensan que eres lo mejor para el país. A esos vas a despreciarlos. Te van a parecer carne de mulo, una masa informe que manejas. Saben perfectamente que vas a traicionar su confianza. Que no cumplirás ni una sola de tus promesas. Que te venderás a los más poderosos. Que no vas a cambiar. No son ingenuos, ni estúpidos: lo saben. Por eso van a votarte.

Pablo García CasadoGarcía [Séneca aconseja a Nerón ante el inminente proceso electoral]


La fotografía es de Agustí Centelles.

domingo, 29 de noviembre de 2015

En los retretes




Cuando los escritores escriban libros sobre el cautiverio, deberán describir los retretes y meditar sobre ellos. Solo eso. Eso bastará. Describir concienzudamente los retretes y a los hombres en los retretes. Si los escritores son tipos serios, se detendrán aquí. Porque es lo esencial, el rito supremo, el símbolo perfecto. Pero dado que ya sabemos cómo son los escritores, tendrán miedo de no parecer bastante distinguidos. De no resultar bastante viriles. De no ser bastante decorosos. No hablarán de los retretes. Hablarán del aprendizaje de la experiencia, de la regeneración a través del sufrimiento. O bien de la energía espiritual, como ese gilipollas que le envió una carta a monsieur Valéry. Una idea rara que tuvo. ¿Qué ayuda se puede esperar de un viejo seco, sutil y oficial, tan perfectamente ajeno a las trivialidades del sufrimiento real? El gran hombre respondió. Vi su respuesta: veinticinco líneas mecanografiadas y su firma autógrafa. Todo ello para decirnos que se alegraba de saber que la energía espiritual nos sostiene. Y es verdad que debió satisfacerlo. Calmarlo, reconfortarlo. Porque es a lo que se dedica, a la energía espiritual. Y cuando la energía espiritual funciona, todo funciona…El problema es que la energía espiritual es algo que se pone en los libros. No existe. No hay manera de pronunciar esas dos palabras sin que den ganas de reír. Aquí, en los retretes.

Georges HyvernaudLa piel y los huesos

La traducción es de Manuel Talens.

La imagen es de Pablo E. Piovano y corresponde al ensayo dedicado a los costes humanos que el glifosato, un potente herbicida prohibido en 74 países, aunque no en Argentina, está produciendo en Colonia Alicia Baja, Colonia Aurora, provincia de Misiones.