miércoles, 13 de septiembre de 2017

Desarrollo



Después de todo, en nuestro rincón de costa atlántica, en menos de diez años bastante poblada, aunque chapuceramente, por miles de casas baratas de vacaciones trasplantadas sin pausa a las dunas, en lugar de árboles, desde La Faute-sur-Mer hasta Jard-sur-Mer y Talmont, pasando por La Tranche y Longeville, algunas fortunas habían caído como abandonadas ahí por el mar, sobre la playa. La Trance-sur-Mer, que no era más que una aldea que el viento barría por detrás de sus playas, bruscamente se había convertido en ese muestrario disparatado y pretencioso que habría querido competir con Saint-Jean-de-Monts o Pornic: había hasta un casino, construido muy cerca del mar (cada invierno había que ir a agregar rocas para impedir que se derrumbara), y autos se le habían vendido a todo el mundo, desde el albañil hasta el farmacéutico, desde el electricista hasta el vendedor de muebles, y en verano mientras duraba la temporada, dado que con Roy de L’Aiguillon éramos el único surtidor de nafta, ya no parábamos. El abuelo iba a cumplir sus sesenta y cinco años ese año, y nunca se había planteado la cuestión: para él, ese trabajo de toda una vida, el edificio y la casa, todo aquello iba a continuar con el hijo. Tal vez tenían conversaciones, si convenía ir a establecer su dormitorio y su sala de estar en otra parte, dejar también al hijo la casa con la puerta que daba de la cocina al taller, cuando mi padre les anuncio que Citroën le ofrecía una concesión: igual que Murs o Guénan, y para mi abuelo ya sin duda era demasiado grande para pensarlo. Estaría orgulloso de eso, unos años después. Citroën envía a mi padre a formarse, durante dos meses, A Saint-Brieuc, en un taller de mejor tamaño. Le ofrecen garajes, en La Réole o  Loudun, de los que pronto se disuade porque el competidor con Peugeot también es alcalde de la ciudad.

François BonMecánica

La traducción es de Ariel Dilon; la fotografía, de Ilya Kovrikov

domingo, 19 de marzo de 2017

Ignorantes, sucios y portadores de enfermedades




     La singular naturaleza de  la agricultura de California depende de estos temporeros y de sus continuos desplazamientos. Los trabajadores del lugar no dan abasto para recoger el melocotón y la uva, el lúpulo y el algodón. En una huerta de melocotoneros grande, por ejemplo, harán falta otros dos mil pera recoger y empaquetar la fruta. Y si estos dos mil temporeros no llegan, si la campaña se retrasa tan siquiera una semana, la cosecha se pudrirá y se echará a perder.
     Así, en California nos encontramos con una curiosa actitud hacia un colectivo que garantiza el éxito de nuestra agricultura. A los emigrantes los necesitamos y los odiamos.

John SteinbeckLos vagabundos de la cosecha
La  fotografía es de Bernard Plossu