
Le gustan Walker Evans y Diane Arbus. Poco la crítica fotográfica. Arbus va a los campos de nudistas, a bailes de minusválidos, se hace amiga de los enanos…Dice que mientras todos vivimos con el terror de que nos suceda un drama, ellos nacen en el drama, lo cual los convierte en aristócratas. Koudelka y McCullen, Lyons y Avedon antes que Doisneau, Cartier-Bresson o Jean-Loup Sieff; Centelles mejor que Capa.
Dice, también, que las fotos dan testimonio de cómo éramos, cómo vestíamos, cuál era nuestro entorno. Hacer retratos es, de alguna manera, coleccionar cadáveres. Y lo que es peor: la cara no es el espejo del alma. Por eso la asignatura pendiente del fotógrafo es aprender a pedir, ya sea una posición de los hombros o una manera de mirar.
El triunfo no lo entiende, el fracaso sí.
En la soledad del laboratorio, al mismo tiempo que revelas una foto…estás preguntándote quién eres, cómo has llegado hasta ahí. Ese monólogo interior es intrínseco a la fotografía.
Debe de ser parecido a tirar un penalti contra una grada callada y quieta.