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sábado, 14 de septiembre de 2024

Francisco Umbral y los socialrealistas

 


Quiere uno decir, más o menos, que literatura es ver las cosas a través de otra cosa.

Literatura es ver las cosas a través de un vino.

El vino de una inspiración, el vino de la imaginación, el vino de la memoria cuando menos. […]

Los socialrealistas. López Pacheco. Hacían la novela de la mina, pero ahí está la mina, que siempre es mejor. […]

Si la realidad es siempre superior al realismo, solo queda el cinismo […] o el arte/arte que ya no quiere imitar/superar la naturaleza. Los socialrealistas, siendo tan rojos, habían caído en el vicio burgués de imitar la naturaleza para tenerla en casa —cuadros y libros—, que siempre es más cómodo. La novela de la fábrica. Ahí está la fábrica, que de todos modos resulta mejor y más convincente. Si lo que querían era dar testimonio, el testimonio lo da mejor un informe macroeconómico.

El socialrealismo no era revolucionario, sino solamente antifranquista y notarial. Para arrojar al rostro de la dictadura una realidad agresiva tendrían que haber visto esa realidad modificada por el color violáceo de un porrón de vino, como yo veía Madrid. El porrón me enseñó que yo nunca iba a ser socialrealista, lo que me valdría a su vez que nos cafés literarios me llamasen señorito, y también en algunos periódicos de provincias que viene a ser la misma cosa provinciana. Cela no hace socialrealismo porque Cela es un escritor de estilo. […]

El estilismo no está en las palabras sino en la manera de usarlas. Por eso Cela no procede del desvencijado Baroja (aunque él lo dijese para borrar sus huellas), sino del acendrado Valle. Delibes tampoco era socialrealista, por las mismas razones. Yo no tenía muy claro a quién admiraba o seguía Miguel, pues que tampoco él lo decía claro, ni se deduce de su obra, pero el estilo manda en él más que nada, y eso lo descalifica con socialrealista, pese a los temas, y le califica como gran escritor de asuntos y prosas.

El que había conseguido la síntesis estilo/asunto, prosa/compromiso (todavía decíamos engagement de la lectura de Sartre) era Ignacio Aldecoa. […]

Me habían enceguecido sus prosas de aquella revista, sus libros de cuentos, Víspera del silencio (de donde quizás salió Tiempo de silencio), su síntesis conseguida, al fin, mejor incluso que en los italianos, entre la denuncia social y la calité/calité, como un Baroja que supiera escribir, sin caer jamás en el ciclostil retórico. (Como un Baroja que hubiese leído y estudiado Hemingway, cosa que, naturalmente no había hecho Baroja) Ignacio Aldecoa se había mirado Madrid, primero a través de un porrón de vino —Madrid cárdeno— y luego a través de un vaso de whisky: Madrid de oro tostado y falso.

Ignacio era un escritor

Francisco UmbralTrilogía de Madrid.

La fotografía es de Javier Campano


lunes, 14 de noviembre de 2022

El Lerele nacional

 



Siendo ministro Solís Ruiz, le impuso a Lola el Lazo de Isabel la Católica. En 1966 se le da un homenaje al que asisten los duques de Alba y Fraga Iribarne. Cierto académico nos decía una vez: “Lo que no sabe la gente es que los aristócratas, los famosos, los toreros, los artistas, somos en España una gran familia, somos siempre los mismos”

Efectivamente, esa gran familia -tejida muchas veces con lazos sanguíneos de verdad-, ese elitismo folklórico-aristocrático-culto-nacionalconservador-taurino es la gran ventosa que va absorbiendo, integrando a las individualidades valiosas, de modo que el pueblo, tan lejano a todo eso, cuando alumbra una flor de genialidad, una figura, inmediatamente la ve arrancada de su huerto por la mano enguantada que baja de arriba.

Al pueblo para redimirse, siquiera sea a nivel social y económico, se le exige ser excepcional. Esta capacidad de asimilación de lo popular-singular que tienen nuestras élites permite hablar de cierto democratismo difuso y demagógico en el alma española. El pueblo, por su parte, sin conciencia clara de clase, encuentra en esas asimilaciones una expresión de la liberalidad de las minorías. En pocos países de Europa son tan considerables las distancias pueblo-élite, y en pocos países es tan fácil que un bracero y su señor marqués se entienda espontáneamente hablando de toros, de caballos o de mujeres.

[…] ; pues nuestras élites, poco cultas por lo general, tienen los mismos gustos y aficiones que el pueblo bravío, de modo que a primera vista se puede tomar por naturalidad lo que no es sino una aproximación histórica de niveles culturales.

 

Francisco Umbral - Lola Flores. Sociología de la Petenera