Agotado el optimismo de los años noventa,
comenzamos el 2.000 y nos dimos de bruces con un milenio que, ya antes de
comernos las primeras uvas, tenía toda la pinta de que se nos iba a atragantar.
En 366 días la burbuja puntocom estalló, un virus llamado I love you se
expandió por los correos electrónicos de la CIA y el afilado fuselaje de un Concorde
cayó al suelo nada más despegar de París. Por esas mismas fechas los personajes
de Brazaletes de cinta aislante, Koldo, Fichu, Lolo, Chencho,
Pitu, Zurdo y varios jóvenes burgaleses más guardaban luto tras el accidente
mortal de Suso, el 10 de su equipo de fútbol.
A pocos lectores de la novela les causará
extrañeza que le profesen mayor dedicación a este deporte que a cualquiera de
las asignaturas que estudian en el instituto. Menos aún, cuando adviertan que los
chavales viven en Medina de Pomar, un antecedente de lo que Fuentealbilla es a
Iniesta, solo que con una cultura futbolística más desarrollada. Desde los años
treinta del siglo pasado se practica el fútbol en esta localidad. Es el feudo
del Alcázar C.D., equipo en el que comenzó a jugar Chus Pereda, mítico héroe de
la Eurocopa del 64, jugador del Real Madrid y del Barça.
Hasta poco antes del accidente en
moto de Suso, los chavales vivían con la esperanza de estatus de todo tipo que
desprende el fútbol profesional. Sin embargo, su muerte les hará abrir los ojos
y mirar más allá de las líneas de los campos, los vestuarios, los banquillos y
las porterías. La Superbowl, un torneo veraniego de fútbol que se celebra
en una Barcelona a la que viajarán en autobús para competirlo, no va a ser lo
mismo sin él. Incluso, aunque Chus Pereda, que vive en la ciudad condal, se
acerque a animarlos. Es más, parecen intuir que una vez finalice su último
partido, el equipo se disolverá, sus relaciones probablemente se enfriarán y,
quieran o no quieran, tendrán que decir adiós a la adolescencia.
Describiendo la sencilla vida de
estos chicos en el pueblo, en el viaje en autobús hasta Barcelona y durante el
transcurso de los partidos en la Superbowl, Miguel Ángel Ortiz teje una narración
cargada de peripecias y conflictos familiares narrados con la sinceridad propia
de la inexperiencia de los personajes. Para ello se vale del uso de un argot
juvenil con el que demuestra tener un tímpano literario muy afinado, similar al
que acredita José Ángel Mañas en su aclamada Historias del Kronen,
novela que relataba la vida de cierta juventud durante los inconscientes noventa,
aunque en un ámbito exclusivamente urbano y en un estatus social superior.
Por tanto, a pesar del lenguaje
utilizado y de la cercanía cronológica de las narraciones, los novelistas no retratan
la misma juventud. Sería muy raro que a los personajes de Historias
se les ocurriese decir lo que puede leerse en Brazaletes: […]ninguno
de este equipo va a ser nada en la vida por muchos sobresalientes que saque en el
instituto.
Después de escucharlos, diría que
alguno de ellos se ve en el futuro devanando rollos y más rollos de cinta
aislante como la que usan para lucir luto en la Superbowl. Al fin y al cabo, es
lo que utilizan electricistas, mecánicos, manitas y otras profesiones que no se
estiman nada. Para qué puede servir la cinta aislante más allá del fin con el
que se fabrique es una de las cuestiones que me he planteado leyendo
Brazaletes, pero seguramente otros lectores puedan encontrar muchas más.
Como dice Rodri, uno de los jóvenes personajes de la novela: Leer no es solo
pasar páginas.
Las fotografías son de TonyHeslop






