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domingo, 6 de febrero de 2011

Édouard Levé: Suicidio.




El sonido sincero de las bolsas de papel.
Aunque preveía morir a los 85 años, a los 42, un impaciente Édouard Levé, remitió a su editor un paquete de hojas que contenían Suicidio, y se quitó la vida. La decisión, aparentemente calculada, contiene, o el peso suficiente de morbo para anteponer el interés de este libro a otros del mismo autor, o una falta de cálculo mayor todavía.
Lo que resulta menos discutible es que si se esperaba Suicidio en castellano era porque a muchos nos enganchó Autorretrato. Una vez traducidas, tenía decidido hacerme con todas las obras de Levé. Me hubiera dado igual leer Suicidio que cualquier otro título, lo hubiera enfrentado con el mismo interés. Levé es de esos autores en los que intuyo tal grado de sinceridad que, leído por primera vez, el tema al que se asome en lo sucesivo me es indiferente.
Pero lo mismo que reconozco esa rendición no negaré que existe un diálogo (y abierto) entre Suicidio y Autorretrato. Probablemente, cuando lea más a Levé, la madeja se enmarañará y entonces ese diálogo no tendrá lugar tan solo entre dos libros sino entre los textos que escribe y las ideas que maneja un autor.  
En sintonía con la frecuencia metaliteraria, busco dos ejemplos de Autorretrato que copio: He intentado suicidarme, he intentado intentar suicidarme en cuatro ocasiones. Y antes, en el mismo inicio: De adolescente creía que La vida, instrucciones de uso me ayudaría a vivir, y Suicidio, instrucciones de uso, a morir.  
Podría encontrar muchas más, o mejor, armar teorías propias. Ahí va la primera que se me ocurrió cuando lo leía: Suicidio responde a un descuido del lenguaje.
¿Por qué lo digo? Porque Levé descubre a un amigo una vez que se ha suicidado, porque no tiene posibilidad alguna de vivir con él, y necesita escribir un libro en el que trata del concepto “amistad” para recuperarlo. Tiendo, por comodidades del lenguaje, a llamar “amigo” a gente que no lo es, confiesa a modo de llamada de atención hacia una sociedad cómoda. Es posible que me confunda, pero creo que, aparte de un diálogo con Autorretrato, lo que se encuentra en Suicidio es una acepción escondida de esa palabra como lo es la a castellana en La desaparición de Perec.


La traducción es de Julia Osuna Aguilar y la fotografía de Levé.

martes, 13 de octubre de 2009

Édouard Levé: Autorretrato


Si una obra que se me ha ocurrido ya se ha realizado, no la abandono, la obra no es la idea.

DE ADOLESCENTE CREÍA QUE LA VIDA, INSTRUCCIONES DE uso me ayudaría a vivir, y Suicidio, instrucciones de uso, a morir.

Soy irregularmente inteligente.

No escucho jazz, escucho a Thelonius Monk, John Coltrane, Chet Baker, Billi Holliday.

En la autopista los paisajes son demasiado largos como para que mi imaginación les dé vida.

Las artes que se expanden en el tiempo me gustan menos que las que lo detienen.
Paso mucho tiempo leyendo pero no me considero un "gran lector". Releo. En mi biblioteca tengo tantos libros leídos como inacabados.


Leo a treinta centímetros de mis ojos.

Me desagrada el virtuosismo, confunde el arte con la proeza.

No puedo ver mucho arte de una vez.

Puedo pasar sin música, sin arte, sin arquitectura, sin danza, sin teatro, sin cine, me cuesta pasar sin fotografía, no puedo pasar sin literatura.

Antes que a Joyce, que escribe cosas banales con palabras extraordinarias, prefiero a Raymond Roussel, que escribe cosas increíbles con palabras comunes.

Aprendí por mi cuenta lo más importante para mí: a escribir y a hacer fotos. Razonar no me convence pero me tranquiliza.

No he leído a Platón, pero he leído muchos artículos que lo citan, por lo que tengo la falsa impresión de conocerlo.

No sé nada de mecánica automovilística, pero no me sorprende que un coche ande.

Todo lo que escribo es verdad, pero ¿qué más da?




Notas: Traducción de Levé a cargo de Julia Osuna Aguilar. La imagen de Levé la obtuve de la página web de 451