lunes, 26 de enero de 2009

Bukowski: Lo que más me gusta es rascarme los sobacos

En agosto de 1985, Bukowski se casó con Linda Beighle. Ese mismo año, Sean Penn –un entregado lector suyo- rivalizaba por ser el protagonista del Barfly que interpretó finalmente Mickey Rourke sin haber leído una sola página. La entrevista de Fernanda Pivano fue cinco años antes de todo esto, y en la presencia de Linda.
Era de lo poco que me quedaba por leer en los libros de prosa de Bukowski. Consultando el ISBN he encontrado un volumen de cartas que tendré que conseguir. Pocas novedades, por tanto. Pero sus historias locas y mil veces repetidas me han hecho disfrutar de nuevo. Entre todas, la que le ocurrió tras dejar su puesto de cartero para vivir de la escritura es la que menos recordaba.
El hijo de John Webb, el impresor de sus primeros libros, se acercó a su casa con un corazón humano en formol y le dijo que se lo llevaba porque después de dejar un trabajo tan seguro era lo que le haría falta. Bukowski lo guardó en un armario para no sentir nauseas cada vez que se encontraba con ese trozo de músculo rodeado de grandes venas azuladas. Así pasó su primera semana de escritor profesional. Me recuerda, a su vez, un poco al colegio: al corazón de escayola con pie metálico: el músculo color chocolate, las venas azules y las arterias rojas, cortadas de un tajo a medio camino.
Hubo un tiempo en que Bukowski fue mi dios. Mi dios o mi héroe. Lo leí sobre todo de adolescente, cuando precisamente se desarrollan los poderes de héroes como Superman que nunca creí. No hacen falta muchas zancadas para darse cuenta de que uno de los poderes que me traspasó Bukowski fue el que le permitía aguantar sus frustraciones. Él me ayudó a mantener los pies en la tierra. Y mis orígenes sociales en la cabeza.

sábado, 24 de enero de 2009

Juan Antonio González-Iglesias: Eros es más


Que la mitología griega tuvo su correspondencia con la de Roma lo sabemos todos.
Hoy en día, sin embargo, y gracias a este poeta de Salamanca, los mitos de la Antigüedad aparecen en las retrasmisiones deportivas de la TDT o en los anuncios de unas prendas deportivas, planchadas en tintorería y con manchas de sudor que no huele. Y nada en ellos chirría. Más bien, estos mitos, estos poemas, nos vienen a recordar que el politeísmo antiguo concuerda con la experiencia práctica de unos hombres que hoy seguimos adelante en una lucha escénica, y no tan escénica, contra una reformulada naturaleza hostil.

Este poema se llama CUMPLIMIENTO.


El oráculo dijo
que para ser feliz
debería vivir en una casa
levantada sobre un lugar que no
estuviera ni dentro
ni fuera
de la ciudad.

Yo he cumplido mi parte.

jueves, 22 de enero de 2009

Roger Wolfe: Oigo girar los motores de la muerte

Si tuviéramos que explicarle el Teorema de Tales a un extraterrestre, lo más sencillo sería echar mano de un aforismo. Georges Perros, un escritor de la contracultura francesa, lo definía como un pedo del cerebro, no esperado, que explota en medio de la más consecuente sociedad, o soledad. El cerebro trabaja como los intestinos. Y tal vez olería bien, si pudiera oler a algo ¿Son aforismos lo que reúne Roger Wolfe en esta obra? En ocasiones, sí. Y he elegido una muestra de este poeta español de nombre equívoco para estrenar una etiqueta con ese nombre.

1997

63. La diferencia entre un e. e. cummings y un Louis Zukofsky es que el primero violentaba el lenguaje porque tenía algo que decir, mientras que el segundo no tenía nada que decir, y lo sabía, y violentaba el lenguaje para ocultarlo.

81. Todo escritor que se precie es consciente, por ejemplo, de que las prolijas descripciones físicas de un personaje son inútiles; mucho antes de que el lector termine de leerlas, ya se habrá formado su personal idea del aspecto de ese personaje.

98. Hay algo de lo que mucha gente no acaba de darse cuenta, y es de que para llegar a ser un buen escritor no hace falta haber leído ni poco ni bastante ni mucho; hace falta haber leído lo necesario. Y sobre todo, haber leído bien. Presumir de lecturas es otra cosa.

1998

42. Es tan raro encontrarse con un artista que no afirme defender la claridad como encontrarse con uno que de hecho la refleje en su obra. Defender lo oscuro no prestigia; practicarlo sí.

2001.

18
. Lección del diamante.- Ser “de una pieza” no significa ser plano, sino tener planos.

24. La cuadratura del círculo.- La sociedad actual ha conseguido la cuadratura del círculo: el gregarismo individualista. Dentro de un contexto generalizado de deshumanización y pérdida absoluta de todo sentido de la identidad y la dignidad personal, cada cual va particularmente a lo suyo.

48. Influencia y confluencia.- Con los autores que de verdad nos importan no se establece tanto una relación de influencia como de confluencia. Es el misterio de las almas gemelas. De ahí que podamos estar aparentemente influidos por autores que no hemos leído; se trata de coincidencias fundamentales de visión del mundo.

lunes, 19 de enero de 2009

Annie Ernaux: La ocupación



En una entrevista con Javier Rodríguez Marcos, Annie Ernaux explica que, después de mucho emborronar papeles, dio con una “forma llana, natural” de hacer literatura. La misma “que empleaba en otro tiempo para escribir a mis padres y contarles las noticias más importantes”. Entonces, mientras ella estudiaba en la universidad, su padre trabajaba en una obra. Por eso, por su origen, y porque así lo define ella, su escritura es una auto-socio-biografía, una etnografía de sí misma. Me interesa esta literatura del yo. Según parece “lo íntimo siempre es algo social. Es inconcebible un yo puro en el que los otros, las leyes, la historia, no estuvieran presentes”. Y, según lo leído, esto que copio es un ejemplo de ello:

Fui a hacerme un test del sida. Se ha convertido en una costumbre semejante a aquella de confesarme que tenía de adolescente, algo así como un rito de purificación. (pág. 85)

El libro no es más, ni menos, que el relato de una victoria. De una victoria frente a los celos surgidos cuando la pareja de la narradora conoce, tras una ruptura amorosa que ha provocado ella misma, a otra mujer. La mujer, el averiguar quién es esa mujer que la ha sustituido, se convierte de pronto en su ocupación, en su única ocupación; y la escritura avanza hasta que vence los celos. Muerto el perro, como se dice, se acabó la rabia. Y el libro.
En mi caso, su lectura ha venido marcada desde la primera página por no haber podido –no haber querido, mejor dicho- evitar la comparación con un cuento de Cristina Grande: Sequoia, de La novia parapente, ese que dice:

En qué punto metí la pata, me pregunto todo el rato. A mi mente sólo acuden fogonazos. Imágenes nítidas de la botella de Gran Duque de Alba casi vacía. Y de su polla quieta como un tronco de sequoia petrificado.

La aragonesa, como siempre, irónica y la francesa escribiendo “a cuchillo”, y haciendo sentir casi idéntico. El párrafo de La ocupación que me hizo recordar la madera de Cristina Grande, es el que sigue:

El primer ademán que hacía yo, al despertarme, era cogerle el sexo, que le había enderezado el sueño, y quedarme así, como aferrada a una rama. Pensaba: “Mientras esté agarrada a esto no estoy perdida en el mundo.” (págs. 9 y 10)

Me pregunté qué tenían de común estos escritos, más allá del pene en sí, qué tiene el humor que no tiene la comicidad cuando leemos. Ahora –cuando estoy a punto de copiar uno de Leonardo Sciascia-, me pregunto además por qué esta cadena de textos.

Si alguien se resbala nos provoca quizá la risa porque nos consideramos superiores; somos estables y no resbalamos. Mientras que el humor es precisamente este tener presente al contrario. Es decir si yo, a través de esa persona que resbala, experimento el sentimiento de que yo también estoy a punto de resbalar, entonces nos encontramos en el reino del humor y no en el de la comicidad.

¿Porque me rondaba la cabeza Sciascia y aún no había encontrado un ejemplo que explicara su idea? Quizá.
En cualquier caso, siguiendo la premisa del siciliano, Secuoia equivale a ponerse en el lugar del que cae de un árbol; La ocupación, en el de un leñador que muestra los callos tras derribar ese mismo árbol al que se había subido para guarecerse de la lluvia.

viernes, 16 de enero de 2009

Elena García de Paredes: Adiestramiento


Cada vez que me acerco al Canal de Isabel II paso por la calle de García de Paredes. Entro o salgo del aparcamiento subterráneo. Y me acuerdo de haber olvidado este poema que se llama "Botellas". No sé si como los canales estarán rellenas de agua. Pero sí de mensaje.


las únicas
que responden a todas las preguntas

las únicas
que sonríen a mis halagos

las únicas
que avisan a tiempo del final

las únicas
que no se niegan nunca

las únicas
que dicen verdades y mentiras

según convenga

a veces

las visito.



miércoles, 14 de enero de 2009

Nacho Vegas: Política de hechos consumados


No recuerdo las veces que habré escuchado El ángel Simón. La mayoría de ellas en el coche y entre gerundios, yendo o volviendo del trabajo. Siempre había imaginado que ese tal Simón era un amigo, el mejor y el peor de sus amigos. Y creo que estaba confundido. Tampoco me había imaginado que Nacho Vegas tuviese un libro de poemas, relatos y monólogos, y lo tenía. Por dos veces, el dicho la primera impresión es la que cuenta no había sido cierto. Ayer escuché la canción después de leído el libro. Ahora, con la idea de que ese hombre era su padre, convencido por una forma de contar la vida y la familia, donde, las cosas, lejos de funcionar, siempre van a peor. La canción decía cosas nuevas.

En Ortigas, un relato o un poema o un monólogo, escribe:

Mi madre nos subía hasta allí en coche y se largaba porque tenía cosas más importantes que hacer. Cosas como tratar de salvar su matrimonio. Como preservar a su hogar y a su familia de la desdicha. Entonces yo no era consciente pero, ¿qué iba a saber? Mi mayor problema eran los picores y el sarpullido por todo el cuerpo que me habían producido las ortigas.

Las ortigas pueden ser cualquier cosa que distraiga. Y pique. Mi trabajo, por ejemplo.

domingo, 11 de enero de 2009

Elio Vittorini: Cerdeña como una infancia

Supongo que esta Cerdeña es lo que ni Berlusconi ni Briatore buscan en ella: Es decir, llanuras de trigo cortado, bosquecillos de chumberas, y casas en hileras torcidas: sencillez.
Vittorini distinguió entre obras, las suyas, alumbradas por el simple “placer de escribirlas” y obras que le costaban “sudores fríos”. Normalmente, en el segundo caso, la subida de temperatura se debía a la complejidad de la obra que llevaba entre manos.
El viaje fue una constante con la que disfrutó a la hora de escribir. Otra más, el no aceptar los límites que separaban la poesía de la narrativa. Según él –y otros “solarianos”-, salvo excepciones, solo americanos como Hemingway o Faulkner estaban rescatando la novela del intelectualismo, a sotavento de la poesía.
Así que, cuando uno empieza a leer este libro reconoce alguna influencia de estas ideas renovadoras, de ese intento de superar las actitudes nacionalistas de la literatura italiana.
¿Será la sencillez parte de la vuelta a cualquier infancia, a cualquier literatura sencilla? ¿Será que la Ortigia de Siracusa también era en los años treinta -tan cercanos al Crack- una isla y una ciudad de marineros y campesinos y, con un padre ferroviario, solo vivía allí cuando él tenía vacaciones y la añoraba? Quizá. Tal vez, que la infancia no se recupera nunca. Por lo que cuenta Vittorini, el resto del tiempo lo pasaba en pequeñas estaciones rodeadas de desierto. También algo de eso, de recorrido de línea, tiene este libro pequeño.