martes, 8 de marzo de 2011

Alergia.



La gente de la ciudad es como la gente del pueblo y, encima, son más.

x Francesc Serés. El vientre de la tierra (De estiércol y de mármoles).

+ La fotografía es de Leo Simoes.

jueves, 3 de marzo de 2011

Titular.

Amigo de la pelota

Cuando tenía 16 años comprendí
que no podría llegar a ser profesional

Controla el balón,
haz malabarismos y sobre todo trata
de hacerte amigo de la pelota
gritaba el entrenador.
Lo intentaba pero fracasaba.
Cambié de balón
pero fracasé.

Fue una preciosa tarde de primavera
llevaba las botas nuevas
el campo de fútbol estaba perfecto
tal vez los balones
estaban demasiado hinchados
aquella tarde
cuando el entrenador
me preguntó
si yo tenía una pierna ortopédica en la derecha
y me habían dejado tiesa la otra en una operación.
¡Joder,
trata de ser amigo de la pelota!

Milan, Manchester United, Real Madrid
los sueños hechos añicos
me tuve que hacer fontanero
a pesar de que yo nunca fui
enemigo de la pelota.


Begnt Cidden Andersson, Traducción de Francisco J. Uriz, El gol nuestro de cada día. Poemas sobre fútbol. Prólogo de Miguel Pardeza.

+ La fotografía es de Lionel Pralus.

miércoles, 2 de marzo de 2011

miércoles, 16 de febrero de 2011

Omar Pimienta: Escribo desde aquí.


Un lugar en el que naces un viernes
Años después de que Marc Augé -un antropólogo francés con orígenes catalanes y mechones de pelo blanco partidos en dos sobre su cabeza- acuñase el concepto nolugarismo para aplicarlo a las zonas de tránsito de las ciudades sobremodernas, Miguel Torga sentenció: lo global es lo local sin paredes.
Corría 1991 y probablemente el médico trasmontano no se refiriera a ningún tipo de pared en especial. No obstante, El Muro había caído (un jueves por la noche de un par de años atrás) y su escombro lo estaban vendiendo en porciones minúsculas a un mundo donde la globalización se extendía especialmente a las zonas donde los no lugares eran más numerosos. Yo no me había dado cuenta entonces de nada de lo que iba a ocurrir, menos cuando volvía de la tierra donde nacieron mis padres con esa sensación fronteriza y portuguesa que no sabría explicar y que me llevó a decidirme en cuestión de fronteras más por los meridianos que por los paralelos.
Omar Pimienta es recurrente en su obra a echar mano de la familia y la frontera que le tocaron. Una familia, desde Ginzburg, siempre tiene un léxico;  y la frontera simboliza como pocas cosas un lugar de tránsito.
Pero si la frontera puede ser un no lugar, también lo podría ser cualquier viernes. Las fechas cuando se parecen a los no lugares las denominamos días de diario. Pero el poema que sigue parece ir en contra de considerarlos de esa manera. Lo subscribo.

Hoy me di cuenta de que nací un viernes
On Kawara pintaba en New York   sabía de antemano que a las 5 de la
   tarde
seguramente el sol temblaba entre los árboles   yo asomaba la cabeza
entre las piernas de mi madre

nací varón pero lo mismo hubiera dado
he usado más tiempo el pelo largo y tengo unos tenis rosas

nací mexicano y eventualmente me hice también estadounidense
de igual forma lo haría si fuera Japón la otra mitad de esta frontera

nací sin dientes   después me salieron todos   derechos
no hace mucho perdí una muela y la sangre me supo a principio del fin

nací Ramírez y Pimienta y Gómez y López   los cuatro apellidos
cada uno un cuarto con vista a un jardín oscuro
al centro un árbol genealógico del cual pende una hamaca
la historia se mece   termina dormida con el pendular inevitable del
   tiempo
nací un viernes por la tarde   en Tijuana México   llorando el dolor del
   desalojo
varón   con las encías rositas
el día que nací Kawara escribió: hoy es viernes
pintó un cuadro en el que sólo se lee:   06 oct1978

La fotografía es de On Kawara.

domingo, 6 de febrero de 2011

Édouard Levé: Suicidio.




El sonido sincero de las bolsas de papel.
Aunque preveía morir a los 85 años, a los 42, un impaciente Édouard Levé, remitió a su editor un paquete de hojas que contenían Suicidio, y se quitó la vida. La decisión, aparentemente calculada, contiene, o el peso suficiente de morbo para anteponer el interés de este libro a otros del mismo autor, o una falta de cálculo mayor todavía.
Lo que resulta menos discutible es que si se esperaba Suicidio en castellano era porque a muchos nos enganchó Autorretrato. Una vez traducidas, tenía decidido hacerme con todas las obras de Levé. Me hubiera dado igual leer Suicidio que cualquier otro título, lo hubiera enfrentado con el mismo interés. Levé es de esos autores en los que intuyo tal grado de sinceridad que, leído por primera vez, el tema al que se asome en lo sucesivo me es indiferente.
Pero lo mismo que reconozco esa rendición no negaré que existe un diálogo (y abierto) entre Suicidio y Autorretrato. Probablemente, cuando lea más a Levé, la madeja se enmarañará y entonces ese diálogo no tendrá lugar tan solo entre dos libros sino entre los textos que escribe y las ideas que maneja un autor.  
En sintonía con la frecuencia metaliteraria, busco dos ejemplos de Autorretrato que copio: He intentado suicidarme, he intentado intentar suicidarme en cuatro ocasiones. Y antes, en el mismo inicio: De adolescente creía que La vida, instrucciones de uso me ayudaría a vivir, y Suicidio, instrucciones de uso, a morir.  
Podría encontrar muchas más, o mejor, armar teorías propias. Ahí va la primera que se me ocurrió cuando lo leía: Suicidio responde a un descuido del lenguaje.
¿Por qué lo digo? Porque Levé descubre a un amigo una vez que se ha suicidado, porque no tiene posibilidad alguna de vivir con él, y necesita escribir un libro en el que trata del concepto “amistad” para recuperarlo. Tiendo, por comodidades del lenguaje, a llamar “amigo” a gente que no lo es, confiesa a modo de llamada de atención hacia una sociedad cómoda. Es posible que me confunda, pero creo que, aparte de un diálogo con Autorretrato, lo que se encuentra en Suicidio es una acepción escondida de esa palabra como lo es la a castellana en La desaparición de Perec.


La traducción es de Julia Osuna Aguilar y la fotografía de Levé.

domingo, 30 de enero de 2011

La mesa puesta en El Síndrome Chéjov.



Los primeros archivos históricos que abrieron en España son de mediados del XIX. Es decir, Chéjov los pudo conocer. Lo que no existía entonces era el fenómeno blogger. Para mí, el archivo de El síndrome Chéjov es de los mejores, de los más cuidadosos a la hora de dar opiniones y hacer entrevistas que yo conozca.
Las entradas de hace cinco años coinciden cronológicamente con mi interés por el cuento. Ahora, también La mesa puesta forma parte de ese archivo. Me doy cuenta de que, más que en un lugar histórico, está en un blog muy vivo; en un blog que, como ciertos jardines, parece seguir lo que Chéjov recomendaba aplicar a un texto: mantenlo limpio. Y me alegro por ella.
La fotografía pertenece a enric sirera.

martes, 25 de enero de 2011

Íñigo Gurruchaga: Scunthorpe hasta la muerte. El extraordinario viaje por los campos de fútbol ingleses de Alex Calvo-García


Trazados alternativos
Alex Calvo-García estudió calderería mientras aprendía fútbol. Su padre ensamblaba las distintas partes de los vagones CAF y el destino de su hijo apuntaba a la repetición, parecía resuelto, despejado de incógnitas.
Sin embargo, la ecuación de Alex se complica porque desde pequeño le pega bien al balón. Da toques fulgurantes, toma decisiones rápidas, su cuerpo encuentra posiciones para el remate más difícil. Y cuenta con otro don: un gran angular bajo la frente que le permite adivinar antes que la mayoría las jugadas futuras. En ese futuro, por supuesto, no entra formar parte de la Compañía Auxiliar de Ferrocarriles. Encaja parecerse a Kevin Keegan, el jugador menudo y valiente al que una monja le enseñó a jugar.
La historia futbolística de Alex, sin embargo, comienza lejos del Doncaster de Keegan. Lo hace en Ordizia, a partir de una familia emigrante de un pueblo de Cáceres. Durante los años anteriores a marchar rumbo hacia Scunthorpe, García –apodo pronunciado Garsíe por los aficionados ingleses-, pasó por el Ordicia, los juveniles de la Real Sociedad, el Baesain y, ya en 1994 y en Segunda División, por el Eibar. Después, perdió su empleo en el mismo año en el que el futbolista Jean Marc Bosman recordaba, demandando al Lieja, que los trabajadores podían circular libremente por los estados miembros de Europa. Es decir, es el momento en que se abre el panorama presente del fútbol profesional.
Siempre existirán libros que despierten prejuicios. A unos les multiplicarán los méritos; a otros, no les reconocerán los suyos. El fútbol es tema poco meritorio. Quizá se pueda interpretar que la historia de Alex Calvo-García se cuenta por dosis para evitar molestias. Pero no. Lo que ocurre con este libro de Iñigo Gurruchaga, corresponsal londinense de El Norte de Castilla desde hace dos décadas, es que explica el fútbol para el que no lo pretende entender exclusivamente como un mundo de iconos imberbes y multimillonarios. El libro, por esa misma razón, no es un camino, es un desvío, triangula para avanzar. Y, en parte, es la triangulación la que mantiene despierto el interés por seguir la peripecia de Alex.  
Los orígenes familiares del jugador, los del fútbol como entretenimiento de masas en unas ciudades inglesas que la Revolución Industrial llena de obreros, un viaje literario y otro cinematográfico a Scunthorpe, son algunos puntos de esta geometría.
El centro lo ocupa un hombre que no ha nacido para ganar por tres cuerpos de ventaja, pero obtiene un premio mayor que el primero en cruzar la meta. En el fútbol inglés existe un método para promocionar entre divisiones aparentemente extraño. Los tres primeros clasificados ascienden directamente a la categoría superior y los cuatros siguientes compiten en dos semifinales. Los vencedores de ambas disputan su plaza en Wembley. Alex jugó en Wembley defendiendo al Scunthorpe, marcó el tanto del ascenso y se convirtió en un ídolo desconocido en el mundo entero. Este libro habla de ese gol y de quien lo marcaba, pero también de la gente “del montón” que ejemplifica mejor que nadie lo que vivimos y pasa desapercibida una y otra vez.