viernes, 17 de julio de 2009

Andrés Trapiello: Salón de pasos perdidos 3. El tejado de vidrio.


De vinos. Tasca y frasca son dos palabras a las que el vino ha hecho inseparables.

¿De quién es esta frase? Lo que distingue a una auténtica cabeza original no es ser la primera en ver algo nuevo, sino el ver como nuevo las cosas viejas, conocidas de antiguo, vistas por todo el mundo y no tenidas en cuenta por nadie. Por fortuna esta frase si siquiera es mía.

De cervezas. A los cinco minutos de conversación comprendí que el único lenguaje común que teníamos era aquel del que ambos nos servíamos para pedir las cervezas y las patatas fritas y las aceitunas.

Estatuas. Contra lo que pensaban los vanguardistas, en arte o en literatura llegar antes a un lugar no es mérito ni virtud, sin contar con que hay que saber dónde se pisa; lo fácil es, si se va muy adelantado, pasarse sin querer al enemigo, como todos aquellos Duchamp y compañía que de tanto huir de los museos ya están metidos en ellos.

Erguido. Los diarios, las memorias, las confesiones, son un género híbrido, de acuerdo, algo así como los patos: andan mal, nadan mal, vuelan mal. Pero no se le puede pedir a un pato que sea como un cisne.

Mundial de fútbol. El libro del desasosiego se publicó por primera vez en 1982 (…) Es como si alguien hubiera inventado una vacuna y la guardara en un cajón durante medio siglo.

Diferencia. Un clásico sufre como un romántico, pero no lo dice.

Vitrocerámica…los Rothko, los Klein, los Polock, los Motherwell (…) M. encontró para ellos la imagen adecuada: son como los electrodomésticos; a los cinco años no sirven y se vuelven viejos (…) pasan a la categoría de trasto sin conocer la nobleza de volverse antiguo.

Megalomanía. OÍR la megafonía (de una iglesia, de un campo de fútbol, de una tómbola, de un mitin) resulta tan deprimente porque en ella las palabras no quieren comunicar nada, sino convencer…

Blogs. HOY, 30 de julio, en que me han rechazado el manuscrito de El gato encerrado, parece un buen día para empezar este otro cuaderno (…) Es la primera vez que le rechazan a uno un manuscrito. Hasta ahora no había habido ocasión: me los editaba yo mismo.

¿Para qué? Es todo muy confuso. Decimos: escribo para que me quieran, pero no soportamos más de una docena de amigos (…) De modo que no escribimos para que nos quieran, sino para que esos doce o catorce amigos nos quieran más y el resto nos deje tranquilos.

Al diablo…aprovechando que los niños estaban en El Escorial con los abuelos, he reordenado la biblioteca (…) Asustado (…) me veo obligado a reconocer que de todos esos libros apenas recuerdo alguna frase suelta de alguno de ellos. ¿Dónde han ido a parar tantas horas consumidas en la lectura?


La sospecha…según Ch., un rico jamás te cuenta lo único que en verdad podría tener cierto interés: cómo ha llegado a serlo, las jugarretas que se ha visto obligado a hacer para amasar su fortuna, cómo su bisabuela se levantó un marquesado, con quiénes se casaron sus antepasados y por qué razones, cómo unieron sus propiedades y cómo las centuplicaron o las dilapidaron. Ésas son historias que saben entre ellos, pero jamás las propalan fuera de su estrecho círculo.

La frase era de éste. Decía Nietzsche que la semilla de un hombre no germina enteramente en sus hijos, sino en los hijos de sus hijos.

La prueba. HOJEO durante la siesta el Hola (…) Se vuelve a confirmar la sospecha de X.: se cuenta de unas gentes todo menos lo que han tenido que hacer para llegar ahí.

Y el sol apretando
. Estaba convencido de que la literatura es como la cocina, y que a un hombre le pueden gustar al mismo tiempo, incluso mezclados, la fabada, el caviar, el lenguado meunier y la morcilla de Burgos, las judías verdes con aceite y sal y los callos a la madrileña, el picadillo de cerdo y los yogures, el orujo de escoba y el agüita de la fuente, y que todo eso, indiscriminadamente trasegado, va a sentarle estupendamente al estómago.

Antes de las bellotas. LAS flores de las encinas se llaman candelarias y son de oro, como unos pendientes, como unos racimos de oro viejo, oscuro, sin brillo.

Tres. ME han rechazado por tercera vez el manuscrito de El gato encerrado.

Cuatro. OTRA negativa. Cada día llega una.

El título. Victoria de los Ángeles canta una seguidilla murciana (…) Cualquiera que el tejado / tenga de vidrio / no debe tirar piedras / al del vecino

No sé
. ¿POR qué razón será que en literatura y en arte las mejores obras parecen siempre dichas y hechas de la misma manera, en tanto que las tonterías resultan siempre novedosas?

Y punto
. EL corazón, si pudiera pensar, se pararía.

Nota: La foto es de Carlos Alba y se encuentra en el siguiente enlace: http://madridfoto.blogdiario.com/tags/Alba

2 comentarios:

Fayçal dijo...

Geniales fragmentos del siempre justo Trapiello. Confirma la impresión que guardo de muchos españoles : poseedores de esa "lucidez campechana" que vale por cien eminentes sabios juntos. Saludos

Manuel Abacá dijo...

Sí, Fayçal, a Trapiello le deberíamos dedicar todos unas cuantas horas de lectura para aprender a timonar un poco antes de vestirnos de marineritos y hacer la comunión. Saludos.