Su obsesión por la lectura le
había hecho abandonar casi completamente los estudios, por lo que no aprobó el
examen de graduación en la Escuela de Magisterio. A pesar de ello, le dieron
destino en Tánger. Tras la independencia, el país necesitaba reincorporar
nuevos empleados nacionales a los puestos que se estaban creando. Lo destinaron
a una plaza en la escuela mixta del Barrio Nuevo como maestro de los primeros
cursos de primaria. Niños en los que se veía reflejado, niños en los que
reconocía la mirada del hambre y del frío. Poco tiempo después de empezar a
trabajar descubrió su falta de vocación como maestro. La paciencia no era una
de sus virtudes y el deseo de aprender a escribir y leer que lo habían llevado
hasta ese puesto había surgido de su afán de superación, de querer ser
reconocido, salir de la miseria humana, pero la coraza de sufrimiento que había
ido recubriendo su corazón desde la infancia dolía ahora al enfrentarse a los
niños como él. Su conclusión era que tenían que ser ellos los que debían desear
salir de la cloaca, él no tenía nada que enseñarles aprender letras es muy
diferente de querer saberlas.
Rocío Rojas-Marcos – Mohamed Chukri. Hambre de escritura.
La fotografía es de Luis de Vega.
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