martes, 9 de junio de 2009

Michele Monina: Esta vez el fuego

En el camino que iba a la manifestación encontramos un cruce que llevaba hasta el pasado.

Origen.


El tren sale. Por la ventana veo pasar las casas en la oscuridad.
La Palombella.
La pequeña Stalingrado, así la llaman.
Éste es el barrio popular más popular de Ancona. Aquí, en la posguerra, para comer, iban a pescar con las granadas de los aliados. Se adentraban en el mar con barcos de pesca, tiraban de la anilla y las lanzaban al agua.
Bum. Después de la explosión recogían los peces muertos que salían a flote. Había para todos, también para quien no tenía barca.

Destino.

Mussolini. Berlusconi cabeza abajo (…) Es verdad: la manada te cambia. Me he dado cuenta de que desde que he bajado del tren me he vuelto más malo. Toda la rabia que siempre tengo dentro ha salido afuera –cucú-, me vuelvo violento, un poco como un pelícano que lo guarda todo dentro del pico para después sacarlo en el momento oportuno (…) Hay miles de personas mayores, jubilados que ondean banderas (…) Memoria de meses y meses pasados en la colina, cuando eran jóvenes partisanos. Ahora son ancianos, pero siguen con los fascistas en los talones (…) la vejez no tiene nada que ver con la fecha de nacimiento. Nada, creo.



Notas:
La traducción es de Eduardo Martínez de Pisón.
La fotografía se encuentra aquí:
http://autproletaria.blog.espresso.repubblica.it/autonomia_proletaria_per_/2008/04/milano-corteo-a.html

sábado, 6 de junio de 2009

Jean Debernard: Hoja de ruta

(…): ¿dudarías tú si para obtener la información que va a salvar diez vidas inocentes tuvieras que torturar a un terrorista? ¿A uno solo?

Esta topografía bien pensante, que sitúa el mal en el otro lado y el bien en el nuestro, ya me resultaba familiar. Tenía el mérito de ser práctica y el inconveniente de ser falsa. Lo mismo sucedía con la posición contraria. La verdad es más sutil que la moral. También más complicada.

Torturar para romper. Humillar para destruir.

Técnicas de última generación para las mentiras de siempre.

El grito. (…) No tiene ortografía. Las letras, los signos y los caracteres son incapaces de transcribirlo; todos los diccionarios lo ignoran.

El sufrimiento, el odio y la cólera van y vienen antes de desaparecer. El olvido no. Se ha creído que podría inventarse el olvido dándole un nombre pero nunca viene.

(…) en la bañera, me ahogaba. Tenía la sensación de que me iban a estallar los tímpanos (…) Me han dado descargas eléctricas. Me han quemado los pezones.


-Te voy a preguntar una cosa (…) Pero quiero la verdad. Cualquiera que sea tu respuesta la aceptaré (…) ¿Eres capaz de decir la verdad?
-Espero que sí
-Responde sinceramente, sí o no.

-¿Qué puedo hacer, aunque rechace este engranaje?


Notas:
La traducción es de Daniel Gascón.

La fotografía es de Paolo Pelegrin.

miércoles, 3 de junio de 2009

Cinco libros de cuentos


Notas. Gabriel Sofer. Al final del mar. El Olivo Azul, 2009. Prólogo de Alberto de Cuenca.
Los libros, sí, son objetos, y como tales se pueden volver a comprar si es que se han perdido. Pero los libros subrayados, anotados, manoseados, manchados, leídos (…), ¿quién te los devuelve?

Primera versión. Jesús Ortega. El clavo en la pared. Cuadernos del vigía, 2007.
La historia corría veloz y daba quiebros inesperados, y en su persecución apretaba tanto el bolígrafo que se le quedaba grabada la huella hexagonal en el pulpejo de los dedos.

Diversión. Roger Wolfe. Quién no necesita algo en que apoyarse. Editorial Aguaclara, 1993. Prólogo de David C. Hall.
Hay varias versiones. Yo vi una en el muro de una facultad de filosofía. “Dios ha muerto”, firmado, Nietzsche. Más abajo: “Nietzsche ha muerto”, firmado, Dios.

Dudas. Junot Díaz. Nilda. El sol, la luna, las estrellas. Otravida, otravez. Traducción de Daniel Gascón. Ediciones Alfabia, 2009.
Una vez Ana Iris me preguntó si lo quería y yo le hablé de las luces de mi vieja casa en la capital, de cómo parpadeaban y nunca sabías si se apagarían o no. Dejabas tus cosas y esperabas y no podías hacer nada hasta que las luces se decidían. Así, le dije, es como me siento.

Lleno de pesimismo. Chusé Izuel. Todo sigue tranquilo. Ediciones Libertarias, 1994.
La botella está vacía, el vaso está vacío, su cerebro está vacío. Piensa que no debería ser tan difícil llenarlo todo de nuevo, como antes.
¿Antes de qué?, piensa.


Nota. La fotografía, de Bill Brand, se obtiene en: http://www.cadenaser.com/cultura/articulo/arranca-photoespana-el-mayor-festival/csrcsrpor/20080602csrcsrcul_2/Tes

jueves, 28 de mayo de 2009

Omar Pimienta: Primera persona: ella

Hecho en España.
Lolita Bosch advierte en su prólogo para Hecho en México: Y no he antologado lo más novedoso de México, lo más representativo, lo más desconcertante, lo que más se ha sedimentado, lo que se queda, lo más conocido ni lo más desconocido. Sino que he seleccionado las lecturas de las que vengo.
Si no cuento mal, son treinta y seis los autores que elegió para formar esa primera parte. Omar Pimienta no es ninguno de ellos, pero sí el primer poeta que forma las lecturas (mexicanas) de las que vengo.
Aquí os dejo dos poemas -el segundo recitado por Omar Pimienta- del recién estrenado poemario que por esta vez está Hecho en España.



Ella tiene perforada la lengua

Se nota cuando dice: el amor es un espejo
rescatado de la casa en llamas
instalado por error en el cielo de un motel
manchado

Ella tiene en su oreja izquierda 7 aritos
al pasar los dedos se siente el espiral de un
cuaderno de primaria
al pasar la lengua: filtros para secretos

Ella tiene perforado el pezón
se nota cuando se ciñe la blusa
dice que su hijo tendrá una boca diferente
muchas palabras redondas
una fijación por morder los aros de llaveros

Ella tiene perforado el clítoris
me lo hace saber con dos cervezas
una mesa que nos separa
noche larga tabla hinchada asidero de
náufrago

me dice que yo nunca lo sentiré
(no se refiere al clítoris o al piercing y por
alguna extraña razón no pierdo la esperanza)
contesto:
yo no tengo perforado nada ni tatuajes
ni me meto nada y me acuesto temprano con
muchas preocupaciones

Ella tiene perforado su lóbulo derecho: una
perlita
dice tenerla desde los 11 años
se la regaló la tía (que en paz descanse)
cuando la llevo al centro
le compró también un vestido Amarillo
zapatillas de charol blanco

me dice: pinche poeta entonces tú por mi perlita
te mueres
Y yo digo que sí
pero que por sentir el percing de su clítoris
escribo.

La mujer invisible
Nota: la imagen pertenece a una de las 180 invitaciones del proyecto LIBRERÍA que Omar Pimienta confeccionó para la inauguración de la Librería del Centro Cultural de Tijuana.

domingo, 24 de mayo de 2009

Tess Gallagher: Carver y yo

Tándem.

Antes de Gallagher: Una infancia en los bordes de la pobreza, un matrimonio demasiado joven, diez años de “trabajos de mierda”. Y treinta relatos escritos en quince años que se recogen en dos volúmenes -¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976) y Furious Seasons (1977)-; además, poesía: Near Klamath (1968), Winter Insomnia (1970) y At Night the Salmon Move (1976).

Después de Gallagher, el resto: una catarata de creatividad.

Antes y después. He pensado en otras parejas -Chéjov-Olga Knipper, Bukowski-Linda Lee…etc.- que tuvieron un después femenino, quizá porque la de Carver-Tess Gallagher (parece que quiero que solo las mujeres tengan nombre) acaba también siendo un tándem cojo. Un tándem en el que se nota cierto énfasis. El mucho énfasis literario, y la mucha tristeza que Tess siente cada día al levantarse cuando ese par de pedales sin los pies de número mayor siguen girando al aire. No sé, he notado algo en esa tristeza que no era natural, que era forzada, que se sentía culpable. Especialmente, al final del libro, cuando sé que Tess está acompañada por un hombre nuevo.

¿Y, aparte de esto, cómo me ha sentado, qué me ha parecido el libro? Interesante a tramos, porque es algo disperso, apunta en distintas direcciones y no dispara a ninguna especialmente.

Una introducción que explica muy detallada la obra de Ray, la relación que a Tess y a Carver les ayudó a crecer como escritores, y sin la que no se entendería el resto del libro: un diario, cartas con el director de cine Robert Altman, varias conversaciones y artículos para revistas y ediciones o traducciones de volúmenes de textos conocidos e inéditos que aparecieron tras la muerte de Carver. Estas son las partes en las que se divide el libro. Yo y Carver o Yo diez años después –que aquí viene a significar antes- de Carver, hubieran sido mejores títulos, mejores traducciones del título original.

Lo que prefiero del libro: un diario escrito durante un viaje a Europa en el que visitan ciudades, tumbas de escritores, editores vivos y aparece Fernanda Pivano, una periodista italiana que traduce a Hemingway, escribe una introducción a De qué hablamos cuando hablamos de amor y (esto no lo escribe Tess, lo escribo yo) tiene la culpa –otra vez Bukowski- del libro Lo que más me gusta es rascarme los sobacos.
Y, también, y por eso me ha gustado, señales que se relacionan con los orígenes sociales -¿Existe otro origen?- de Ray y Tess. De otros escritores, con menos renombre incluso, se sabe generalmente más. Pero en Carver, tengo esa impresión, existe algo que no permite casar muchas veces sus relatos de clase media con los diez años de “trabajos de mierda”, con su alcoholismo y con esa relación de balsa de aceite puro y virgen que parecen compartir, tras su muerte, (quizá solo exista al recordarlo ella, quizá sea una idealización) Tess y Ray.

Por eso me gusta este pasaje que trascurre en Zúrich, un 19 de abril de 1987.

Cenamos fuera y es un desastre. Ray está hambriento y nos vamos a un restaurante tranquilo que hay cerca del hotel. Más tarde le digo que debe decirme antes esas cosas. No puedo estar adivinando siempre el hambre que tiene. Le produce ansiedad la falta de comida.

Los platos rotos siempre me han parecido un buen final en las historias de amor. Las habitaciones vacías, las sábanas nuevas para gamuzas: “Las parejas son un todo y no lo son”, dice Heráclito.



Notas:
La traducción y la selección es de Jaime Priede. En una pequeña parte la traducción corresponde a Eduardo Moga.
El prólogo es de Greg Simon.
La introducción es de Willian L. Stull y Maureen P. Carroll.
La fotografía es de Todd Hido y la he obtenido en
http://www.futuropasado.com/?p=882

miércoles, 20 de mayo de 2009

José Manuel Martín Peña: Zeppelin




Atletismo. Escribir buenos relatos debe de ser algo así como estar dispuesto a correr la maratón para que solo cuenten los metros finales, los que pateas en el estadio, y que obligatoriamente deberás hacer al sprint y sonriente, como si te mantuvieras fresco. Leerlos y después editar un post sobre buenos cuentos me parece lo opuesto. Así que, precisamente por ese motivo, esto no va a ser largo.
Además porque ocurre en dos días. Leo Zeppelin –un cuento, el nombre de un bar y el título del libro- en El síndrome Chéjov, lo voy a recoger a una librería de Madrid y lo leo en mi casa con el mismo chicle mascado en la boca con el que lo empecé nuevo.
Me cuesta cada vez más trabajo encontrar libros de cuentos en los que todos los relatos me interesen de la misma forma. Así que me sentí extraño. Como cuando tuviste la suerte de quedarte sin gasolina a los pies de un surtidor. Y me refiero a un libro que volveré a leer porque todos los relatos contienen vida, que para mí es lo primero. Cuentos cortos, de distinta factura, de dos a catorce páginas y con pocas palabras en cada una de ellas.
O sea, las distancias que mejor me van: porque los cuentos que no son cien metros lisos los paso a leer como una novela o como ciento diez metros vallas (u obstáculos).
Después de terminar, como solo son seis cuentos –por las bases del concurso a raíz del cual se publicó-, me pregunté si el autor conseguiría aguantar el tiempo suficiente para publicar un libro tan bueno como éste con, pongamos, diez cuentos. A veces, las preguntas tienen algo de deseo.


Notas.
1. Este libro ganó el Premio Internacional de cuentos Manuel Llano, 2006.
2. La fotografía es de García-Alix.

domingo, 17 de mayo de 2009

Marguerite Duras: Escribir


Sé que no es la mejor frase para comentar un libro de la Duras, pero la diré de todas formas: Escribir no tiene nada que ver con el aceite puro de oliva. No obstante, tiene algo de receta para freír. Y, otra vez no obstante, Duras dice: Hace mucho tiempo, el comercio de aceites de mesa rescató la palabra “puro”. El comercio literario hizo lo propio con el sintagma obra maestra.
Se edita y se reedita poco a Marguerite Duras, en este país. Se revisan poco las ediciones nuevas. Hace tan solo dos meses que salió de imprenta este libro –que también tiene algo de cine-, después de 9 años exactos. Y Él (pronombre), todavía – o, ya-, sin acentuar. Acabo de elegir una palabra: Reproche; esta entrada tiene que ver con los reproches.


Creo que lo que le reprocho a los libros, en general, es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento.

No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos…

Notas:
La traducción es de Ana María Moix (1994).
La fotografía salió de
www.melbournecinematheque.org/specials/duras.html